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Claro que el gobierno de México y el partido gobernante tienen derecho a no hacerlo
00:10 sábado 5 septiembre, 2026
Colaboradores
El debate alrededor de la contratación de una especialista en relaciones públicas en Washington por el senador Alejandro "Alito" Moreno refleja más ignorancia y conveniencia política doméstica que comprensión o interés en el juego político en la capital estadounidense.
No se trata de alianzas, no se trata de convicciones, sino pura y llanamente de un servicio que bien podría considerarse como de “abrepuertas” en la capital estadounidense: si usted necesita buscar contactos e influencia en un gobierno republicano, contrata personas con vínculos republicanos; si lo que necesita son ligas con los demócratas, contrata demócratas.
Martina Maietto, la "asesora" de Moreno, es hija de la diputada republicana María Elvira Salazar, que preside el subcomité de Relaciones Exteriores para Asuntos Internacionales de la cámara baja. Su contrato es por casi 10 mil dólares mensuales.
Esos elementos enseñarán, entre otras cosas, cómo hablar con sus contactos, cómo pueden causar mejor impresión, cómo tocar los temas que les interesan a aquellos y vincularlos con los propios.
Ese es el nombre del juego. Se llama política y los practicantes de esa parte de facilitación se llaman cabilderos. Lobistas.
La contratación de Maietto puede no ser vista en México como la más "pura" de las medidas, pero no es extraña en el juego político de Washington. Es un instrumento.
Tal vez el problema real es que "Alito" Moreno se haya adelantado en un juego que muchos países y organizaciones desarrollan con metas como alcanzar influencia, acuerdos comerciales, ventajas en alguna legislación o hacer escuchar su voz en torno a posturas políticas por definirse en el gobierno estadounidense.
No es un juego nuevo para México. El especialista Antonio Ocaranza recordó en su recién publicado libro sobre Comunicación y Diplomacia que el régimen de Carlos Salinas de Gortari literalmente creó un departamento de comunicación que incluyó el trabajo de "abrepuertas" para cambiar la conversación de México, país en crisis, a México, país promisorio, y llegar a fin de cuentas al Tratado Norteamericano de Libre Comercio (TLCAN), convertido años después en el acuerdo comercial México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC) que el actual gobierno mexicano lucha por preservar.
Puede decirse que México no usó esos "abrepuertas" antes del TLCAN y que el esfuerzo de comunicación se desvaneció posteriormente, para regresar al mutismo pre-TLCAN, pero la verdad es que por años el gobierno mexicano confió en acercamientos personales, económicos y políticos, así como las simbólicas reuniones interparlamentarias.
Valdría la pena recordar que en 1861 Matías Romero, representante del gobierno de Benito Juárez, buscó y logró, al hacer énfasis en intereses mutuos, el apoyo del presidente Abraham Lincoln frente a la intervención francesa, un respaldo que eventualmente se reflejó en lo político y luego en ayuda real.
Claro que el gobierno de México y el partido gobernante tienen derecho a no hacerlo. Pero tal como la reducción de la Embajada mexicana en Washington es una autolimitación.
POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
COLABORADOR
@CARRENOJOSE1