Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
Burgo no sólo cuenta lo que pasó en aquel partido. Cuenta cómo ese partido sigue pasando en nuestra memoria
00:01 martes 30 junio, 2026
Colaboradores
Las mejores crónicas suponen no sólo el dominio de una técnica narrativa, sino el despliegue de una sensibilidad rayana en lo etnográfico, capaz de volver familiar lo extraño y extraño lo familiar. Es el caso de El partido: Argentina – Inglaterra 1986 (Tusquets, 2016), del periodista Andrés Burgo, un libro que retrata la cotidianidad detrás de la épica de aquel cotejo. El relato vale por la cantidad de pormenores desconocidos que registra sobre un acontecimiento que muchos creíamos conocer, pero también porque revela cómo se ha ido consolidando el recuerdo colectivo. Burgo no se limita a contar qué pasó al mediodía del 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca; cuenta, al mismo tiempo, cómo “el partido del siglo” sigue pasando en nuestra memoria.
La investigación es exhaustiva, pero en un sentido poco convencional. No acumula datos para dar por terminado el debate, que uno supondría ya gastado por la repetición, sino para advertir cuán sorprendentes son su plasticidad y sus costuras. Lejos de aspirar a una versión definitiva, va reconstruyendo la textura coral de la historia con voces cruzadas, anécdotas imposibles, disputas de poder, declaraciones apócrifas y verdades a medias. Así, desmenuza el exceso para organizarlo, mostrando que lo glorioso –mirado de cerca– siempre tiene algo de accidente, banalidad e incluso humor. Su mérito está en saber abrirle nuevos ángulos a un tema viejo y en haber ideado una manera de narrarlo que restaura su caótica vitalidad.
En lugar de desmitificar, El partido explora de qué está hecha una mitología. Y lo que aparece no es una sustancia pura y noble, sino materiales precarios, contingentes, absurdos: de camisetas piratas a cábalas ridículas, de frases equívocas a euforias trágicas. Lejos de desdeñar esas menudencias, sin embargo, el autor muestra que el mito es una genialidad que se erige con ellas. El monumento, en otras palabras, tiene grietas, pintas, desperfectos, pero quizá es justo por eso que respira: porque en su majestuosidad pueden apreciarse todavía las cicatrices de la realidad.
A pesar de su corazón albiceleste, Burgo busca el contrapunto inglés: ¿cómo digirió el vencedor de Malvinas la derrota que, cuatro años después, le infligieron los vencidos? Para Argentina, el saldo fue una ansiada reivindicación simbólica frente a un trauma nacional aún muy fresco. Para Inglaterra, en cambio, quedó una tensión difícil de conciliar: de un lado, el agravio moral por la trampa de “la mano de Dios”; del otro, la rendición estética ante la obra de arte que fue —que sigue siendo— el segundo gol del “barrilete cósmico”. El episodio, desde entonces, se partió en dos posteridades: celebración desbordada para unos, litigio sin remedio para otros.
Maradona ocupa el centro sin que Burgo necesite aislarlo del mundo a su alrededor. A su lado aparecen Bilardo, los compañeros, los rivales, los árbitros, las cámaras, los relatores, la prensa, no como escenografía, sino como una red de complicidades y mediaciones que –voluntaria o involuntariamente– contribuye a consagrarlo. Ahí está quizá la mejor ambigüedad del libro: observar al Diego con distancia pero sin frialdad. Más que explicarlo, tratar de comprenderlo. No a pesar sino a través de sus contradicciones.
La de Burgo no es la autopsia de una reliquia de infancia; es la biografía de un instante inscrito en la profana eternidad del fútbol.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@CARLOSBRAVOREG