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En Hungría como en Nueva York, es de demócratas tomarse las buenas noticias con un grano de sal
00:10 lunes 20 abril, 2026
Colaboradores
Tengo un amigo que me acusa de socialdemócrata de clóset, si bien lo que yo me asumo es liberal. Sapo o rana, demócrata seré, lo que por fuerza me hará celebrar la derrota de Viktor Orban en la reciente elección húngara, así como la buena salud de que goza el gobierno del alcalde neoyorquino Zohran Mamdani a cien días. (Según la revista New York, 56 por ciento de los neoyorquinos opina hoy que la ciudad va por buen rumbo, en comparación con 31 en octubre.) Ayudándome a pelotear temas para esta entrega, otro amigo dice que debo escribir sobre la coincidencia en el tiempo de ambos fenómenos, idea que rechazo, acaso por espíritu de contradicción. ¿Cuál es el interés de abordar dos buenas noticias? ¿Aportar volumen al coro progre buenaondita? Me niego, ya sólo porque lo que dijo Tolstoi sobre las familias felices y Denis de Rougemont sobre el amor feliz vale también para los hechos políticos bienhadados: todos son iguales, no tienen historia. Después pienso mejor. De entrada, pienso que si bien la salida del poder de un Orban antieuropeo, políticamente autoritario, socialmente represor y destructor de contrapesos tras 15 años no puede ser sino feliz, valdrá detenerse en su relevo. Peter Magyar se dice pro europeo –lo que tranquiliza a quienes tememos el nacionalismo exacerbado– y se asume vagamente de derecha liberal pero su participación política se da en una lógica plebiscitaria que no puede ser sino transicional: su partido, Tisza, no parece tener más programa que erradicar los abusos de poder del orbanismo (poco no es pero tampoco suficiente ni sustentable). Preocupan, además, su origen político al amparo de Orban –militó más de dos décadas en su partido– y su ruptura por razones de realpolitik –un escándalo de corrupción– y no programáticas. Más allá, si bien es comprensible que una ciudadanía hambrienta de democracia se haya volcado por la única oposición húngara viable, es deseable que el 68 por ciento que detentará Tisza en la Asamblea Nacional no dure más allá de este periodo, so pena de haber sustituido un regimen hegemónico por otro. Lo de Mamdani es inobjetable en lo moral –hizo una campaña orondamente principista y ha puesto a sus adversarios tapabocas tan hermosos como haber sido el primer alcalde neoyorquino en celebrar en público la pascua judía– y acusa ya tímidas conquistas –ha presumido bien su numeralia– pero sus resultados no están garantizados: la gratuidad de las guarderías va por buen camino, sí, pero las crisis de vivienda y transporte no parece fácil de resolver y sus cinco supermercados a bajo costo se antojan más gesto poético que política pública. A ninguno escatimo mérito: Hungría es mejor sin Orban, Nueva York con Mamdani. Pero me asumo el aguafiestas que propugna por el escepticismo, esa más toral de las virtudes cívicas. POR NICOLÁS ALVARADO COLABORADOR IG y Threads: @nicolasalvaradolector