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El fascismo europeo no nació exclusivamente del fanatismo de unos cuantos líderes. Creció sobre sociedades profundamente frustradas
00:01 sábado 12 septiembre, 2026
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La frase suele atribuirse a Mark Twain, aunque probablemente nunca la dijo: “La historia no se repite, pero rima”. Pocas ideas resultan más útiles para observar a la Europa de nuestros días. No estamos en 1933, Alternative für Deutschland (AfD) no es el Partido Nazi y las democracias europeas actuales poseen instituciones que difícilmente pueden compararse con las frágiles estructuras políticas del periodo de entreguerras. Pero sería igualmente ingenuo concluir que, porque la historia no se reproduce exactamente, sus mecanismos tampoco pueden reaparecer bajo nuevas formas.
Hay algunas rimas inquietantes.
El fascismo europeo no nació exclusivamente del fanatismo de unos cuantos líderes. Creció sobre sociedades profundamente frustradas. La Primera Guerra Mundial, la inflación, el desempleo, el miedo al comunismo, el resentimiento nacional y posteriormente la Gran Depresión produjeron millones de ciudadanos dispuestos a escuchar a quienes ofrecieran explicaciones sencillas para problemas extraordinariamente complejos.
El contexto actual es muy diferente, pero el mecanismo resulta reconocible. Europa acumula casi dos décadas de crisis: el colapso financiero de 2008, las políticas de austeridad, la crisis migratoria, el Brexit, la pandemia, la guerra en Ucrania, la inflación y el deterioro del poder adquisitivo. A ello se suman problemas cotidianos que las democracias parecen incapaces de resolver satisfactoriamente: vivienda inaccesible, servicios públicos deteriorados, precariedad laboral y una sensación cada vez más extendida de pérdida de control frente a la globalización.
La extrema derecha vuelve a ofrecer una explicación seductora por su simplicidad. Si los salarios no alcanzan, si escasea la vivienda, si aumenta la inseguridad o si los servicios públicos están saturados, siempre resulta más fácil señalar al inmigrante, a Bruselas, a las élites globalistas o a alguna minoría que explicar décadas de decisiones económicas, transformaciones demográficas y errores de política pública.
Aquí aparece otra rima con el siglo XX: la búsqueda del chivo expiatorio.
Las diferencias, sin embargo, son fundamentales. La Europa contemporánea no vive entre milicias paramilitares combatiendo en las calles ni contempla partidos fascistas organizando golpes de Estado. Alemania posee una Constitución democrática sólida, un Tribunal Constitucional poderoso, federalismo, prensa plural y una sociedad civil incomparablemente más fuerte que la existente durante la República de Weimar. Sobre esas democracias nacionales existe además una estructura que los europeos de los años treinta ni siquiera podían imaginar: la Unión Europea.
También cambió la extrema derecha.
La mayoría de sus partidos comprendió que resulta mucho más rentable participar en las instituciones que intentar destruirlas desde fuera. Ya no necesita camisas pardas marchando por las calles. Puede presentarse a elecciones, conquistar parlamentos, dominar conversaciones en redes sociales y desplazar gradualmente los límites de lo aceptable. La erosión democrática contemporánea puede producirse respetando formalmente las elecciones mientras se debilitan los contrapesos, se hostiga a la prensa, se desacredita a los tribunales y se divide a la sociedad entre ciudadanos “auténticos” y ciudadanos cuya pertenencia nacional parece estar permanentemente bajo sospecha.
La experiencia de Hungría debería bastar para demostrar que una democracia también puede vaciarse lentamente desde dentro.
Quizá una de las lecciones peor aprendidas del siglo XX sea precisamente creer que la democracia se defiende únicamente impidiendo que los extremistas lleguen al poder. También hay que preguntarse por qué millones de personas desean llevarlos hasta allí.
Durante demasiado tiempo, parte del establishment europeo respondió al crecimiento de la ultraderecha mediante una mezcla de superioridad moral y cordones sanitarios. Ambos pueden ser necesarios para impedir la normalización institucional del extremismo, pero ninguno sustituye una política capaz de atender las causas del descontento. Llamar racista al trabajador alemán que vota por AfD puede ser correcto en determinados casos; convertir esa explicación en diagnóstico general resulta intelectualmente perezoso y políticamente suicida.
Algo parecido ocurrió durante el periodo de entreguerras. Las élites conservadoras alemanas imaginaron que podrían utilizar a Hitler, contenerlo y apropiarse de su popularidad. Franz von Papen creyó que incorporar al líder nazi al gobierno permitiría domesticarlo. La historia demostró quién terminó utilizando a quién.
Ese precedente debería resultar particularmente incómodo para la derecha democrática contemporánea. Cada vez que adopta el lenguaje de la ultraderecha con la esperanza de recuperar a sus votantes corre el riesgo de legitimar precisamente aquello que pretende contener. Si el diagnóstico de los radicales termina aceptándose como correcto, muchos electores pueden preguntarse por qué votar por la copia cuando tienen disponible el original.
Europa cuenta, afortunadamente, con herramientas que sus antepasados no tuvieron. Constituciones diseñadas después de conocer las consecuencias del fascismo; tribunales constitucionales; instituciones comunitarias; legislación de derechos humanos; sociedades civiles organizadas; sistemas electorales consolidados y una memoria histórica construida alrededor de la catástrofe del siglo XX. Alemania, en particular, desarrolló el concepto de una democracia capaz de defenderse de quienes pretenden utilizar sus libertades para destruirla.
Pero ninguna arquitectura institucional es indestructible.
La lección verdaderamente incómoda de los años treinta no consiste en que Europa pueda despertarse mañana convertida nuevamente en un continente fascista. Consiste en recordar que millones de europeos de aquella época tampoco pensaban que estaban caminando hacia una guerra mundial, campos de exterminio y ciudades reducidas a escombros. Cada concesión parecía manejable mientras ocurría por separado.
Por eso la historia no necesita repetirse para resultar peligrosa.
Puede rimar cuando una crisis económica se convierte en resentimiento político; cuando una minoría termina convertida en explicación universal de los problemas; cuando los ciudadanos pierden confianza en las instituciones; cuando los partidos tradicionales adoptan el lenguaje de sus adversarios extremistas y cuando una sociedad empieza a considerar negociables principios democráticos que durante décadas creyó irrevocables.
Europa tiene hoy muchas más herramientas para impedir otra catástrofe. La pregunta es si tendrá la lucidez para utilizarlas antes de descubrir, una vez más, que las instituciones democráticas son mucho más fáciles de erosionar que de reconstruir.
Por Javier García Bejos