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Davos, un nuevo orden
00:01 viernes 23 enero, 2026
DESDE LA REDACCIÓN SLP
El aire gélido de los Alpes suizos nunca había sido tan pesado para la élite globalista. En este enero de 2026, el Foro Económico Mundial de Davos ha dejado de ser el templo del multilateralismo tradicional para convertirse en el escenario del "segundo acto" de Donald Trump. El mandatario estadounidense no solo regresó a la montaña mágica; la ha conquistado, imponiendo una agenda que mezcla la diplomacia del espectáculo con un pragmatismo transaccional que tiene a Europa y a la ONU en un estado de parálisis reflexiva. El anuncio estelar de esta semana ha sido la creación del "Consejo de Paz" (Board of Peace). Al presentar este organismo —respaldado por figuras como Javier Milei y operado por el núcleo duro de Mar-a-Lago—, Trump ha enviado un mensaje demoledor: la ONU es, a sus ojos, una reliquia del pasado. Mientras el Foro de Davos solía hablar de "cooperación climática" y "equidad global", hoy se habla de "inversiones por la paz". El Consejo de Trump no es una ONG; es una mesa de negocios donde el asiento permanente tiene precio y la resolución de conflictos se mide en términos de viabilidad comercial.
La sombra del arresto de Nicolás Maduro y su juicio en Nueva York —mencionado incluso por un Volodímir Zelenski visiblemente agotado— planea sobre cada pasillo del Centro de Congresos. Para Trump, la captura del líder venezolano es el trofeo de caza que valida su doctrina de "fuerza sin guerra". Zelenski lo dijo con una mezcla de envidia y realismo: mientras Maduro espera sentencia en una celda neoyorquina, Putin sigue libre. Sin embargo, la respuesta de Trump en Davos ha sido típicamente ambigua: "Rusia y Ucrania son estúpidos si no pactan ahora". Al anunciar las reuniones trilaterales en los Emiratos Árabes Unidos para este viernes, Trump ha logrado lo que tres años de diplomacia europea no pudieron: sentar a los enviados de Putin y Kiev en la misma mesa de Abu Dhabi, bajo el arbitraje directo de Washington. Quizás el punto más disruptivo de su participación ha sido su renovada obsesión con Groenlandia. Lo que en 2019 parecía una excentricidad, en 2026 se presenta como una exigencia de seguridad nacional vinculada a la permanencia de la OTAN. Trump ha ridiculizado a los líderes europeos en su propia cara, sugiriendo que "no tendrían país" sin el respaldo de EE. UU., mientras pone sobre la mesa un cheque por la isla ártica. Es una diplomacia de bienes raíces que ignora las "líneas rojas" diplomáticas y se enfoca en el control de recursos y rutas comerciales en un Ártico cada vez más estratégico.