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La Cuba revolucionaria no nació asfixiada
00:10 viernes 20 febrero, 2026
Colaboradores
Desgarrador lo que está pasando en Cuba. Incubadoras apagadas, ancianos sin medicinas y un hambre que espanta. En redes circulan testimonios que señalan a un enemigo ya conocido: Estados Unidos y, particularmente, Donald Trump, a quien muchos responsabilizan del recrudecimiento de las sanciones. Piden compartir, viralizar, tomar partido. Y sí: hay algo verdadero ahí. Hoy Cuba enfrenta restricciones financieras severas. Hoy su economía está asfixiada. Hoy las sanciones pesan. Negarlo sería indecente. Pero reducir la debacle de la isla a una sola soga es una verdad a medias. Tras la Revolución encabezada por Fidel Castro, el nuevo gobierno expropió empresas extranjeras —muchas estadounidenses— en un proceso que derivó en tensiones diplomáticas profundas. La respuesta de Washington fue el embargo comercial en los años sesenta: una prohibición amplia de comercio bilateral que, con el tiempo, adquirió efectos extraterritoriales. Estados Unidos lo llama embargo.
La Habana lo denomina bloqueo. No es una simple disputa semántica, pero tampoco fue un cerco militar permanente al estilo de guerra. Cuba no quedó aislada del mundo. Durante décadas comerciaba con Europa, Canadá y, sobre todo, con la Unión Soviética. Ahí está una parte clave que suele omitirse. La isla recibió subsidios multimillonarios de Moscú: petróleo preferencial, compra asegurada de azúcar, financiamiento sostenido. Ese respaldo permitió sostener el modelo durante buena parte del siglo XX. Cuba, además, intervino militarmente en conflictos internacionales —como en Angola y Etiopía— alineada con la lógica de la Guerra Fría porque Castro prefirió invertir esos subsidios millonarios en capacidad militar que en el pueblo cubano. Cuando la URSS cayó, el sostén desapareció. Y el modelo mostró su fragilidad estructural. Ahí comenzó el verdadero experimento económico sin red de protección. ¿Ha afectado el embargo a la población? Sí.
¿Las sanciones más recientes agravan la situación? También.
¿Explican por sí solas seis décadas de estancamiento político y económico? Difícilmente. Los hermanos Raúl Castro y Fidel gobernaron más de medio siglo. Miguel Díaz-Canel no es un espectador. El modelo centralizado no cayó del cielo. Y Rusia —antes y ahora— nunca ha sido un actor neutral en la historia de la isla. Se puede condenar el endurecimiento de sanciones sin convertir a La Habana en víctima pasiva de la historia. Una cosa no excluye la otra. La narrativa del enemigo absoluto es políticamente útil. El adversario externo cohesiona, justifica y distrae. Permite decir: “No somos nosotros, es el imperio”. América Latina conoce bien ese recurso. Lo vemos en Cuba, en Venezuela, Nicaruagua; el mismo México. Pero cuando todo se explica desde Washington, nadie rinde cuentas dentro. Y este patrón no es exclusivo de Cuba. Es más difícil que compartir un hashtag. Eso sin duda. Pero es más justo que reducirlo al tuit que polariza y al final explica el extremo de siempre sin centrar el debate y las acciones geopolíticas en algo favorable para La Habana. Y el extremo antiyanqui es tan riesgoso como el extremo que niega los abusos e injerencias de Estados Unidos alrededor del globo. Pero veamos cómo omitimos -casi por agenda- el otro lado y a los otros jugadores del tablero cuando Estados Unidos mueve la ficha. Groenlandia, por ejemplo. La narrativa más sencilla es que Estados Unidos quiere la isla. Y sí, hay una presión casi obsesiva por parte de Trump por hacerse del control de ella. Sin embargo, omitimos que en el Ártico juegan desde hace años -explotando recursos y rutas comerciales- los rusos y los chinos, mientras que Washington ha asumido el costo en defensa militar de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Es un argumento amable? No. Pero si no es Estados Unidos, otra potencia será. Irán es otro caso. Washington mete presión para detener su programa nuclear y todos sabemos que los norteamericanos buscan seguir marcando hegemonía en el globo con estas medidas. Pero cuando llega Irán y dice que el uranio enriquecido no tiene ningún propósito que atente contra la humanidad, mientras el gobierno reprime y mata a ciudadanos de su país porque quieren un cambio, el chiste se cuenta solo. En conclusión, eso. El caso de Cuba hoy está escrito desde el dolor y eso siempre merece atención. Pero también es preciso decir que la realidad cubana no puede explicarse solo desde Washington. Durante décadas, la isla estuvo bajo el liderazgo iniciado por Fidel Castro y continuado hoy por Miguel Díaz-Canel, por lo que también es imperioso y válido preguntarse por la responsabilidad interna en el estancamiento. Se pueden condenar las sanciones que dañan al pueblo sin dejar de exigir cuentas a quienes gobiernan la isla. La historia casi nunca es monocausal, y cuando la simplificamos demasiado, perdemos matices importantes. Pregúntele usted a la cúpula militar cubana millonaria que hoy ve la caída de la isla desde un penthouse en algún lugar de ese enemigo perfecto, el mejor aliado de los errores propios.