Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
El hecho es que, por tamaño, economía, historia y posible influencia política, México no puede darse el lujo de permanecer inactivo
00:10 viernes 2 octubre, 2026
Colaboradores
En el mundo actual, México puede permanecer al margen o ser un participante activo en la construcción de una nueva arquitectura internacional en áreas de su interés y fortalecer sus propias capacidades diplomáticas y militares, anota un intrigante texto del "Diálogo Sobre Seguridad TransAtlantica" realizado esta semana.
El texto plantea, entre otras cosas, que México debe actuar en la búsqueda de acuerdos en temas que son tradicionalmente parte de la diplomacia mexicana, como la no-proliferación de armas nucleares y la seguridad marítima; anota la posibilidad de que se convierta en "socio global" de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) –como Australia, Japón y Colombia– y la necesidad de modernizar y fortalecer sus fuerzas armadas.
Es una agenda no necesariamente opuesta, pero tampoco fuera de lugar para un país que, entre necesidad y realismo, parece centrar su concepción del mundo y sus intereses en la relación interméstica con Estados Unidos, hoy por hoy el hegemón global.
Pero la aceptación de un hecho no implica la resignación. Y obliga a un compromiso político de largo término que debe correr paralelo a una integración social, económica y de seguridad en desarrollo mucho más intensa que la asociación comercial.
Pero hay que buscar un difícil equilibrio entre el manifiesto deseo de independencia y búsqueda del destino propio frente a lo que en todo, excepto nombre, es una alianza con Estados Unidos, obligada por una realidad geopolítica y humana.
Esa dualidad es parte del panorama que enfrenta la política exterior mexicana, de tratar de mantener una voz y postura independientes sin romper lazos con un país que representa hoy por hoy, 80% de su comercio exterior, un considerable porcentaje de su inversión extranjera y donde viven 10 u 11 millones de mexicanos nacidos en México, pero también tantos como 35 millones de personas de ascendencia mexicana. Y de paso un número indeterminado, hasta dos o tres millones de estadounidenses, sean formalmente radicados o visitantes semipermanentes en México.
Es ciertamente una relación asimétrica, pero una que no impide la posibilidad de acciones –independientemente o con otros– en el fortalecimiento de metas tradicionales de la política exterior mexicana. El Tratado de Tlatelolco, para proscribir armas nucleares de América Latina, el Derecho del Mar, son muestras de sus acciones y, ciertamente, el arreglo pacífico de controversias y el respeto a la autodeterminación y al derecho internacional de sus fines ideales.
El hecho es que, por tamaño, economía, historia y posible influencia política, México no puede darse el lujo de permanecer inactivo en el escenario internacional.
Pero también necesita reorganizar sus prioridades y dedicar recursos tanto a la relación con Estados Unidos como a diversificar vínculos, hacia Europa por razones de historia y cultura, hacia Asia y el Pacífico por geografía y realidad económica, y América Latina por todas esas y más razones.
Habrá que ver si este gobierno y esta cancillería están a la altura del reto.
POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
COLABORADOR
@CARRENOJOSE1