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Escuchar sin interrumpir, sin minimizar testimonios, sin convertir cada conversación en un debate que debamos ganar
00:01 viernes 6 marzo, 2026
Colaboradores
Hace unos días tomé un taxi en San Luis Potosí. El conductor venía escuchando La Corneta. En el programa comentaban que alguien en redes les había propuesto hablar de la misandria. Los conductores respondieron que no lo harían: el punto del feminismo -decían- no es contraponer luchas, sino escuchar la que por tanto tiempo ha sido ignorada. El taxista no estuvo de acuerdo. Sin que yo se lo pidiera, comenzó a explicarme durante todo el trayecto por qué sí deberían hablar de la misandria y por qué, según él, ese tema también merecía la misma atención. Entre semáforos y avenidas, vinieron los argumentos que muchos hemos escuchado alguna vez. Que por qué piden equidad en todos lados. Que por qué tantas concesiones a mujeres taxistas que no cumplen con la antigüedad. Incluso -sin yo aún participar en su monólogo- me preguntó si a mí me pagan menos que a algunas compañeras de trabajo, como para reafirmar su postura. Que entonces dónde está la famosa brecha salarial. Intenté explicarle que las estadísticas suelen considerar trayectorias laborales, oportunidades de ascenso y otras variables que no siempre se ven en un caso particular. Le mencioné que en 70 años, las mujeres en México han pasado del 6 al 46 por ciento como fuerza activa en el mercado laboral. Que, en promedio, por cada 100 pesos que gana un varón, la mujer percibe 86. Esto según datos recientes del IMCO. Pero pronto entendí que no se trataba de un diálogo para comprender, sino de una conversación para defenderse. Cada dato parecía convertirse en un nuevo motivo para reafirmar su postura. Aquella charla me dejó pensando en algo que ocurre con frecuencia cuando se habla de feminismo: muchos hombres no lo escuchamos, lo enfrentamos. Lo recibimos como si fuera un señalamiento individual, como si cada denuncia fuera una acusación personal. Entonces aparecen las mismas preguntas de siempre: ¿y el día del hombre?, ¿y la misandria?, ¿y por qué marchan así? Tal vez la incomodidad tenga su causa en que no estamos acostumbrados a no ser el centro de la conversación. Durante mucho tiempo, los hombres hemos ocupado la mayor parte del espacio público, político y social. Cuando ese espacio se mueve para escuchar otras voces, la reacción inmediata suele ser recuperar protagonismo, incluso en discusiones que no giran en torno a nosotros. Por eso, quizá el primer ejercicio que toca hacer de este lado es más sencillo de lo que parece, aunque no necesariamente fácil: escuchar. Escuchar sin interrumpir, sin minimizar testimonios, sin convertir cada conversación en un debate que debamos ganar, así como revisar nuestras propias conductas cotidianas y, sobre todo, cuestionar entre hombres aquello que durante años se normalizó como simple costumbre. Acompañar una causa no significa dirigirla y apoyarla tampoco implica ocupar el centro del escenario. El 8 de marzo es, ante todo, un espacio de denuncia y de memoria construido por mujeres, por lo que pretender encabezar esa conversación o desviar su sentido hacia nuestras propias inquietudes termina por repetir el mismo patrón que muchas de ellas han señalado durante años. Al final del viaje pagué la tarifa y me despedí del taxista. No era un hombre particularmente agresivo ni malintencionado. Era, más bien, el reflejo de una incomodidad bastante extendida. Quizá por eso cada 8 de marzo vuelve la misma discusión en tantas mesas, oficinas y redes sociales. Tal vez la invitación de esa fecha no sea ocupar un lugar en la marcha ni tener la última palabra en el debate. Tal vez sea algo más modesto y más difícil al mismo tiempo: aprender a escuchar sin sentirnos atacados. Porque la igualdad difícilmente se construirá mientras los hombres intentemos ganar un debate en lugar de preguntarnos qué debemos revisar en nuestra conducta para aportar y no restar a la lucha. Ojalá llegue ese día en que aprendamos, por fin, a escuchar mejor.