Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
¿Qué nos dice hoy la novela más leída de Eduardo Mendoza, Premio Princesa de Asturias 2025?
00:10 martes 7 julio, 2026
Colaboradores
La posteridad ha sido amable con Sin noticias de Gurb (Seix Barral, 2004) aunque quizá un poco frívola. La ha acomodado en el lugar de un relato graciosísimo, de una sátira de la Barcelona preolímpica, de un librito accesible y breve que se lee sin complicaciones. Todo eso es cierto. El problema es que, a fuerza de repetirlo, se pierde de vista el filo que ha ido ganando con el tiempo.
Publicada originalmente por entregas en El País y luego como libro en 1991, la novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) sigue a un extraterrestre que trata de adaptarse a la cotidianidad de Barcelona y parece escrita para no durar: guiños de época, chistes de coyuntura, ocurrencias para enterados y una metrópoli en permanente remodelación, tratando de estar guapísima para el mundo mientras el autor se divierte mostrándola exaltada y ridícula, aunque siempre entrañable.
Sin embargo, pervive. Y precisamente porque está tan pegada a su presente, permite medir desde el nuestro cuánto ha cambiado Barcelona, qué fue de todo aquel furor por el futuro: cómo lo que ayer arrancaba carcajadas, hoy es un quita risas.
La ciudad se preparaba para los Juegos Olímpicos de 1992 con una mezcla de entusiasmo y ruido, de prisa y polvo, que Mendoza traduce en literatura cómica. El extraterrestre no aterriza en una ciudad en paz, sino en una que está corriendo hacia un siglo XXI muy de la imaginación noventera: cosmopolita, competitiva, abierta a la innovación, al diseño y al prestigio internacional. Una Barcelona “patas arriba” aparentemente convencida de que modernizarse era ponerse en el mapa y de que ponerse en el mapa sólo podía traer buenas noticias. Mendoza no desmiente esa fantasía con un manifiesto, se burla de ella exhibiendo sus socavones, atascos y malos humores: la épica de una transformación observada al ras de lo mundano.
Pero hoy, en pleno verano de 2026, esa risa tiene cierta resonancia trágica. Porque la urbe que en los noventa se arreglaba frenéticamente para gustarle al planeta desembocó en el fenómeno de la “ciudad global”: especulación, postal, inflación, escaparate, gentrificación y clickbait. Lo que en el novelista Mendoza era un contexto delirante para fabular sobre la extranjería alienígena en medio de infinidad de obras e inconvenientes públicos, para el ensayo urbano posterior –de Manuel Delgado a Núria Benach, de José Mansilla a Agustín Cócola-Gant y Zaida Muxí– constituye la materia de una metamorfosis que ha vuelto extranjeros a sus propios ciudadanos. De modo que la ciudad que quiso ponerse en el mapa terminó convertida en mapa para turistas; en una Barcelona cada vez más fácil de consumir y cada vez más difícil de habitar.
Sin noticias de Gurb no predijo nada de eso, no tenía por qué. Pero dejó registrada la inocencia de un momento en el que burlarse de la puesta en escena del milagro olímpico no tenía el regusto amargo que tiene ahora. Leerla no es rescatar una curiosidad de finales del siglo XX, es volver al momento en el que la promesa de la nueva Barcelona aún brillaba. La novela conserva intacta su ligereza, pero ya no se lee desde la misma ciudad ni con las mismas expectativas. Entre las risas de entonces y la incomodidad de ahora anida su actualidad involuntaria: retratar, sin proponérselo, el instante en que Barcelona empezó a ser una ciudad ajena para los suyos.
AVISO. Esta columna se va de vacaciones. Nos reencontramos a finales de julio.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg