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Y justamente esa es la parte que quiero remarcar: “memoria”. La modernidad nos ha llevado a una inmediatez impresionante
00:01 miércoles 30 septiembre, 2026
Colaboradores
Mientras preparaba esta columna, tuve que repensar el destino de mis tintas. Suspendí las ideas con las que empezaba a trabajar, pues fui interrumpido por los lamentos infortunados de un pequeño o grande incidente digital. Mi sobrina se quejaba desconsolada: había perdido sus últimos archivos digitales. Sus fotografías se convirtieron en reminiscencias incorpóreas. Fantasmas condenados al limbo digital.
No había culpable para esta aniquilación pictográfica. Impericia y olvido fueron los ingredientes que espumaron este borrado forzoso: cambió de aparato telefónico y olvidó “respaldar” su “memoria”. Sus archivos, sencillamente no llegaron o no “se cargaron” en la “nube”, como llaman a ese etéreo almacén de bits -custodio- de gran parte de nuestra memoria contemporánea.
Y justamente esa es la parte que quiero remarcar: “memoria”. La modernidad nos ha llevado a una inmediatez impresionante. No solo fue la pérdida de unas cuantas fotografías. Desaparecieron parte de los diafragmas de su mundo: luces, sombras, paisajes, rostros, y todo lo que suma al variopinto almanaque de sus nostalgias, alegrías y emociones.
¿Qué puede uno aconsejar en este caso? Reprochar o replicar lo obvio nunca es conveniente. Dejar de ser reactivo y activo, me hizo desempolvar un viejo aparatejo para entregárselo: una cámara fotográfica Canon AE-1 de mis épocas juveniles.
Esta curiosidad histórica de lente manual, obturador, rollos, telemetro y embobinado, fueron parte de una plétora de cámaras que democratizaron la fotografía artística: lienzos y óleos tecnificados que muchas escuelas usaron para formar y orientar a futuras fotógrafas.
El arte puede tener un sinfín de definiciones. Algunas más elaboradas que otras. Pero quizás, si tuviéramos que optar por dos palabras que subsuman la compleja tarea de definir “arte”, me decantaría por “memoria” y “sentimiento”. Cualquier expresión artística es la amalgama de la emotiva perpetuidad de nuestro género. Remembranzas que concentran una conmoción estática de la eticidad humana.
La fotografía analógica es arte. Son memoria y sentimiento que desbordan su mecánica articulación. Mística condensada en rollos y película, alquimia que convierte haluros de plata en instantáneas infranqueables del ensoñar humano. Ante la etérea retentiva de la era digital, los fotogramas analógicos son resistencia ocular. Arte para perdurar. Emotividad atemporal.
Desde mis acercamientos púberes a la fotografía analógica pude disfrutar su magia única. Arrebatar a la caótica vida un segundo que puede concentrar la enmarañada anima humana, la majestuosa naturaleza, la irónica coincidencia o las crudas dolencias.
No regalé nostalgia. Entregué un medio artístico. Que mi sobrina encuentre su propio estilo. Corrija sus errores y se maraville de resultados inesperados. La fotografía analógica erosiona la rapidez de la digital. Da permanencia, inmutabilidad y emotividad.
La resistencia pictográfica es clara: las ventas de rollos se incrementaron un 127% desde 2020. Algunos calculan que, a nivel mundial, la venta de películas fotográficas oscila entre los 20 y 30 millones de rollos anuales. Usuarios jóvenes, entre 18 y 34 años fertilizan fuertemente el arte de los pictogramas fotoquímicos.
Nuevos cazadores de imágenes. Nuevos nómadas analógicos vienen a pulular la subversiva artística de fotografiar, revelar e inmortalizar. La belleza de la imperfección analógica es su ética-estética que se contrapone a la perfección plastificada de la recreación digital y del embauco artificio de la inteligencia artificial.
Como diría el fotógrafo de naturaleza, Paul Williams: “Lo analógico va a explotar. Es imperfecto, pero tiene alma.”
POR JUAN LUIS GONZA´LEZ ALCA´NTARA CARRANCA
Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación