Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
No basta con señalar quien avanza y quién retrocede
00:10 viernes 10 abril, 2026
Colaboradores
"Solo los muertos han visto el fin de la guerra", George Santayana
Las guerras. Esa incansable constante en la humanidad que empieza donde no ha terminado otra. El que conoce la Historia, desde las cavernas hasta los fenicios y los romanos; desde las Cruzadas hasta Napoleón; y desde la guerra de Cien Años hasta la Segunda Guerra Mundial, podrá asombrarse que hoy estemos debatiendo sobre la guerra en Oriente que protagonizan Estados Unidos e Irán. No basta con señalar quien avanza y quién retrocede o, en un límite más riesgoso, reducir todo a un nombre propio o a buscar al malo del conflicto. Tendemos a simplificar lo complejo señalando a un culpable, eligiendo un bando y ya lo entendimos todo. En esta ocasión eso no basta. Pues la guerra ya no se entiende como antes. Van varias semanas de conflicto. Está por terminar la sexta, para ser exactos, y, conforme pasan los días lo único claro es que es un fenómeno con múltiples capas. Reducirlo a "Estados Unidos e Israel contra Irán" no es equivocado, pero es insuficiente. Lo militar es apenas la punta del iceberg, pues debajo existen intereses energéticos, tensiones históricas, narrativas políticas y percepciones sociales que se cruzan. Es decir, hay que mirar esta guerra con muchos ojos. Desde esa lógica, una primera lectura posible es que Estados Unidos no entró a este conflicto improvisando como afirman algunos. He leído afirmaciones acerca de que los americanos veían a Irán como el mismo flan que fue Venezuela. Sin embargo, parece más razonable asumir que había plena conciencia de que Irán no es un adversario menor por su capacidad militar e influencia en la región. Con ello, cobraría fuerza la idea de que, meses antes del estallido, ya se habían debilitado a actores clave en la órbita iraní a través de Israel, quien con acciones contra grupos contra Hamás y Hezbolá presionaron directamente a Irán. No es una afirmación categórica, pero sí una hipótesis que encaja con lógicas conocidas de desgaste estratégico. Se ha visto en conflictos una y otra vez. Ahora, incluso bajo ese supuesto, la guerra parece que perdió el guion controlado trumpista de un inicio. Hay indicios de que ciertas decisiones, como la rapidez con la que se escaló en algunos frentes, pudieron haber rebasado las previsiones iniciales. Quizá Donald Trump olvidó que una cosa es planear la guerra y otra muy diferente es contener sus efectos. A esto se suma la dimensión interna. Por un lado, Irán ya enfrenta a tensiones sociales importantes como protestas, descontento y represión. Pensar que ese contexto no influyó en el cálculo de los actores externos sería pecar de ingenuos; otra cosa, por supuesto, es asumir que fue el detonante principal. Por parte de los Estados Unidos, el panorama tampoco es lineal. Militarmente, la superioridad es evidente en términos de proyección, tecnología y capacidad operativa; eso, nos guste o no, es indudable. Pero la guerra actual no se sostiene solo con poder militar y es algo que seguro lo saben los mejores ejércitos del mundo, y sacó de esta afirmación a líderes de Estado porque parece ser que son los que ignoran que hoy al dinero -siempre esencial- se le debe acompañar con tiempo y respaldo interno. Esos dos últimos elementos parece perderlos Trump conforme avanzan los días. Todo indica que el costo del conflicto ha sido mayor al previsto porque presiones presupuestales en el Pentágono, inflación, bajo nivel de consumo y desgaste político en la aprobación de liderazgo empiezan a antojarse como determinantes para una guerra prolongada. Del lado iraní, hay que medir con la misma vara sus represiones, matar a su propia gente el régimen teocrático que es cuestionable desde muchos puntos; los derechos humanos, por ejemplo. No todo es Donald Trump. Además, Irán sufre una paradoja: militarmente luce una desventaja frente a Estados Unidos. Ha logrado sus aciertos en objetivos, claro, pero el adversario, sin ayuda externa, es muy bravo. ¿En dónde está la raíz de la resistencia iraní? En su ideología, en su narrativa que le permite -o lo obliga- a sostener el conflicto contra 'El Enemigo'. Aquí vale la pena detenernos un momento y preguntarnos algo, ¿desde dónde estamos juzgando este conflicto? Por un lado, Israel ha sido señalado, con razón, por acciones que han sido calificadas como deshumanas y por una estrategia que apunta a ampliar su influencia territorial en la región; eso no puede minimizarse. Pero, por otro lado, también conviene mirar a Hezbolá sin romanticismos, un grupo paramilitar que durante años ha hecho y deshecho en Líbano, ha provocado represión y desplazamiento de población civil y ha impuesto condiciones de poder fuera de la lógica estatal. Entonces, ¿podemos condenar una cosa sin mirar la otra?, ¿podemos medir con distinta vara dependiendo del actor? Porque ni todo se reduce a buenos y malos, ni toda crítica implica justificar al otro. Confundir gobiernos con pueblos, o causas con consecuencias, termina por distorsionar más de lo que aclara; y en un entorno donde la información circula a la velocidad de las redes, esa distorsión también juega su papel en la guerra. Hay otro punto que rara vez ponemos sobre la mesa y que quizá debería incomodarnos más. Se estima que un solo día de guerra puede costar alrededor de dos mil millones de dólares entre operación y pérdidas; una cifra que, por ponerlo en perspectiva, se acerca a lo que ha costado una misión como Artemis II. Piénselo un momento. Nos peleamos aquí abajo, invertimos cantidades descomunales en destruir, mientras allá arriba seguimos explorando, entendiendo, avanzando. ¿Qué podría hacer la humanidad si una fracción de esos recursos se destinara a la ciencia, a la medicina, a la productividad? Sí, suena utópico, pero es inevitable tan solo imaginarlo. Por qué debatir sobre la guerra buscando culpables cuando hay infinidad de áreas a las cuales dirigirnos con mayor presteza. Por eso, quizá la lectura más precisa es que estamos ante una guerra donde nadie tiene la verdad absoluta. Una guerra en la que convergen intereses legítimos y decisiones cuestionables, estrategias calculadas y errores evidentes, narrativas construidas y realidades difíciles de comprobar en tiempo real. El reto no es tomar partido de forma automática, es entender las capas, cuestionar lo que damos por hecho y, sobre todo, reconocer que la realidad rara vez es tan simple como nos gustaría. Paremos un momento y pensemos que discutimos sobre quién tiene la razón, y no vemos desde dónde decidimos otorgarla.