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El uso de joyas arqueológicas en la promoción de La Odisea reabre el debate sobre la conservación del patrimonio
00:10 jueves 30 julio, 2026
Colaboradores
Nos disponíamos a coronar ese día primaveral neoyorquino de 2024 con un trago en el Bemelman’s Bar del Carlyle cuando vimos que algo a las puertas del hotel atraía a una horda de curiosos y fotógrafos. Era una mujer de deslumbrante belleza mestiza que se aprestaba a salir auxiliada por un entourage. Iba maquillada con sofisticado artificio –la boca en púrpura, la sombra bermellón extendida como un antifaz– y envuelta en una columna de tul azul, verde y negro que después sabría yo moldeada sobre su garbosa y espigada silueta por John Galliano.
—¡Es Zendaya! Se me olvidaba que hoy es la Met Gala.
Conocía el nombre proferido por Eunice pero no le asociaba un rostro sino meras resonancias de Disney y súper héroes, amén de la vaga noción de que ahora protagonizaba alguna serie de adolescentes drogadictos y erotómanos (pero glamorosos). Ese día supe que Zendaya era además hermosa y estilosa; y en los siguientes años habría de constatar que también muy buena actriz.
Para la semiología, en cambio, no parece muy dotada.
Cuando, en la première londinense de La Odisea de Christopher Nolan, Zendaya lució unos aretes persas del primer milenio antes de Cristo, redes y medios se llamaron a escándalo por razones equivocadas: la procedencia de las piezas es bien conocida: el tesoro de Ziviye, descubierto en 1947, saqueado pronto, y vendido antes de que el gobierno iraní fuera avisado y pudiera actuar. Si bien tal origen no se adecua a las mejores prácticas patrimoniales, es idéntico al que acusan otras piezas del mismo lote, exhibidas hoy en el British Museum, el Louvre o ese Met al que la actriz se dirigía la noche en que mis ojos se posaron en ella. Cierto, hoy todo hallazgo arqueológico encontrado en suelo iraní es propiedad legal del Estado pero 1) esa Ley no habría de ser promulgada hasta 1979, y 2) Irán es hoy un país doblemente lastrado por una teocracia autoritaria y una ofensiva militar estadounidense, por lo que no estarían mucho más protegidos allá.
Todo lo cual no hace afortunada la idea del estilista Law Roach de adornar a su clienta con esas joyas.
Primero porque difícilmente contribuirá a la preservación de un artefacto milenario el contacto ora con el sudor humano, ora con los elementos.
Segundo porque las piezas fueron intervenidas con diamantes por el joyero Glenn Spiro, lo que acaso sea muy chic pero también constituye daño a lo que debería ser tenido por patrimonio de la humanidad.
Y, tercero, porque La Odisea es una historia griega: si Zendaya hubiera lucido una milenaria fíbula zoomórfica micena habría sido patrimonialmente reprehensible pero históricamente pertinente; al decantarse por algo caro y extravagante pero que no entiende, nomás porque luce “así como de la antigüedad”, no evidencia más que su perfecta sintonía con la visión del director.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threads: @nicolasalvaradolector