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00:10 viernes 2 octubre, 2026
Colaboradores
Cuando aparece una noticia como la del vuelo que viajaba de Dubái hacia Tel Aviv y que, de acuerdo con las primeras versiones, atravesó una situación extrema durante el vuelo, inevitablemente pongo atención. Todavía falta mucho por saber, habrá que conocer qué ocurrió dentro de la cabina, qué provocó aquella pérdida de altitud, qué decisiones se tomaron y qué daños sufrió realmente la aeronave. También han circulado versiones sobre lo que ocurrió dentro del avión y sobre la presencia de otros pilotos entre los pasajeros, pero mientras no exista una investigación que permita confirmar los hechos, todo eso debe permanecer en el terreno de las versiones. La aviación, precisamente, nos ha enseñado a no conformarnos con las primeras explicaciones. Una emergencia no se explica con una impresión, se reconstruye con datos, procedimientos, testimonios y evidencia. Lo que para un pasajero puede parecer un milagro, para un piloto, un ingeniero o un investigador tiene una cadena de causas detrás. Sin embargo, amable lector, hay algo que la aviación no puede explicar con la misma precisión y es el peso de las palabras y la intención con las que las pronunciamos. En el avión viajaban en su mayoría ciudadanos israelíes, y no hizo falta esperar a los datos ni a las cajas negras para que los discursos políticos se pusieran en marcha porque, antes de cualquier peritaje, dirigentes como Benjamín Netanyahu salieron a poner sobre la mesa la hipótesis del terrorismo, transformando una emergencia aérea no aclarada en un instrumento de propaganda y confrontación. A partir de ahí, la conversación pública en redes sociales se incendió. Reaparecen entonces esos discursos de exterminio que borran las fronteras entre un gobierno y su gente. Pasa con quien desea la desaparición de Israel o la aniquilación de Palestina, pero también con el racismo cotidiano, la homofobia o la xenofobia. Vamos, hablamos de discursos que necesitan deshumanizar al otro para poder odiarlo sin culpa; borramos la humanidad del interlocutor con una frase hecha y luego nos sorprendemos de la violencia que cosechamos. Entonces conviene detenerse un momento antes de pronunciar un juicio. Un niño israelí no es el gobierno de Israel. Un niño palestino no es Hamás. Un ruso no es Putin. Un ucraniano no es Zelenski. Una persona no puede reducirse al gobernante que ocupa el poder en el país donde nació, ni a la organización que dice hablar en nombre de ella. Los discursos tienen que cuidarse precisamente porque no somos Putin, ni Netanyahu, ni Zelenski, ni Trump, ni Alí Jamenei, ni los hutíes, ni Hamás. Tampoco somos nuestros gobiernos, nuestros ejércitos, nuestros partidos ni nuestros presidentes. Somos nuestras lenguas, nuestras costumbres, nuestras familias, nuestras canciones, nuestras comidas, nuestros acentos, nuestras fiestas, nuestros libros, nuestros barrios, nuestros oficios, nuestros recuerdos, nuestros sincretismos, nuestras contradicciones, nuestras formas de querer y de sobrevivir. Somos, en última instancia, mucho más que el nombre del político que gobierna nuestro país. Eso también nos pasa en México. México no son sus políticos. México no son sus narcos. México no es un gobierno, un partido, una elección ni una organización criminal. México es su gente, sus mercados, sus plazas, sus pueblos, sus ciudades, su comida, sus lenguas, su música, su albur y su hospitalidad. Es una suma interminable de personas que no caben dentro de una sola etiqueta. Por eso me preocupa cuando el lenguaje convierte a millones de personas en un solo bloque, sobre todo cuando hay niños, como en aquel vuelo de Flydubai y otros en cualquier hogar, esperando más del mundo adulto. No sabemos todavía qué ocurrió realmente en aquel avión. Pero hay otra cosa que sí sabemos y es que las palabras no se quedan donde las pronunciamos. Viajan.