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El General Ludd era la construcción icónica, folclórica e inexistente de los inconformes artesanos
00:02 miércoles 14 octubre, 2026
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“El mejor profeta del futuro es el pasado”: escribió en su diario personal George Gordon Byron, o mejor conocido como Lord Byron, mientras estaba exiliado en Rávena, Italia. La entrada de su anotación personal fue realizada 1821, mientras militaba activamente en los “Carbonarios”, un grupúsculo insurrecto y secreto que buscaba liberar a Italia del dominio austríaco.
Su diario fue su personal confesionario. En el deposó la adrenalínica pero profunda introspección que vivió el poeta en esos días. Como sabemos, los “Carbonarios” nunca lograron consumar sus planes insurrectos. No podremos saber exactamente qué aquilató Lord Byron para esbozar tan lapidaria frase, pero sospecho que su pasado y sus emociones insurgentes revelaron escenas de su pretérito que le ayudaron a entender el inminente fracaso de las acciones políticas en suelo italiano.
Sobra decir que Lord Byron fue un prolijo y excelso poeta, insurrecto natural, destacado parlamentario y orador. En 1812, cuando fue integrante de la “Cámara de los Lores” del Parlamento Inglés, uno de sus discursos más afamados fue contra una terrible legislación que sancionaba con la pena de muerte para quienes destruyeran las máquinas. En la tribuna reclamó a sus congéneres legisladores: “(…) ¿Es la ley la que exige vuestra sangre? ¿Se puede derramar la sangre del hombre en un hospital febril o en un patíbulo público para la fabricación de un cordón de zapato o el tejido de una cinta?”
Esa legislación tenía un destinatario claro: Los Luditas. Llamados así en honor a Ned Ludd, o “General”, “Capitán”, o “Rey” Ludd”, esa mítica figura a quien las leyendas populares erigieron como el que rompió el primer telar como protesta contra el maquinismo exacerbado que germinó la industrialización global. El “Rey” Ludd izó el “Martillo de Enoch” para liberar de los fríos engranes a la aprisionada humanidad.
El General Ludd era la construcción icónica, folclórica e inexistente de los inconformes artesanos. Su etérea efigie fue el estandarte que permitió a los trabajadores proyectar la imagen de un vasto y disidente ejército en la oscuridad. Los Luditas eran extremadamente organizados. Ejecutaron con precisión y secrecía ataques formidables contra fábricas, telares e industrias. Sus rostros, ennegrecidos por el hollín del carbón, fueron la mascada que anonimizaba a sus facciones: todos era el General Ludd, pero nadie lo personificaba.
Los Luditas no fueron cómo nos enseñaron en la escuela. No eran sencillamente unos “anti-maquinistas”. Fueron sagaces observadores, críticos y opositores de cómo la industrialización extrema erosionaba nuestra humanidad. El trabajo industrial era una nueva forma de explotación: fermentó muchas injusticias, desvalorizó la integridad humana, y glorificó a los engranes y los pistones de las máquinas como la base y el pulso del orden y el interés social.
Su lucha fue la verdadera y primigenia pugna por la defensa de los derechos laborales, sociales y humanos. Las máquinas se aquilataban por encima de la humanidad. Eran la dignidad humana los que los movió y motivó, no el rechazo irracional al progreso o alguna clase de tecnofobia sin sentido.
Los Luditas fracasaron. Ni la penumbra de la noche, ni el masivo apoyo popular y comunal fueron suficientes. La maquinaría del poder gubernamental, militar, económico avasallaron a los Luditas. El terrorismo legislativo y la cruenta represión judicial fueron los ingredientes que coronaron las acciones militares y económicas contra los Luditas.
Quizás -conjuró o imaginó- que los paralelismos fácticos entre el fracaso de los Luditas y los ingredientes económicos, sociales y militares que rodeaban las también secretas acciones de los Carbonarios, le sirvieron a Lord Byron para entender el fiasco de la disidencia italiana y la destiló en tan potente y atemporal frase.
Sea lo que fuera que inspiró a Lord Byron, sin lugar a duda con esa frase nos dejó una sólida advertencia: para comprender a nuestro futuro, tenemos que consultar al oráculo del pretérito. Ahora más que nunca, el entendimiento de nuestros pasajes acaecidos, las lecciones del ayer, o los contextos históricos, son las advertencias, y quizás los bálsamos fundamentales para nuestras dolencias futuras.
Por Juan Luis González Alcántara Carrancá