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Al parecer, los sistemas se están desarrollando demasiado rápido, y la consecuencia, según no recuerdo cuál de las mentes ultracalificadas en el tema
00:01 lunes 21 septiembre, 2026
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Por mi edad y, sobre todo, por haber estudiado en una escuela del exilio español y en el colegio de Filosofía, que dejan secuelas para toda la vida, estoy incapacitado para entender a fondo las últimas discusiones sobre los peligros de la Inteligencia Artificial, que, según ciertas voces bien informadas, podría incluso —esto sí lo entendí— llevar a la humanidad a la extinción, o cosa parecida. Al parecer, los sistemas se están desarrollando demasiado rápido, y la consecuencia, según no recuerdo cuál de las mentes ultracalificadas en el tema, podría ser que nos evaporemos como raza en un margen de 10 años, pocos más, pocos menos. Estamos, pues, ante un peligro con algo de ciencia ficción ochentera, pero bien real. Terminator, hoy. Está de terror, sí, no hay más que decir, con una posible y hasta probable excepción: que seas mexicano. Mi teoría es la siguiente: tal vez el sexenio de Obrador, una mezcla de ruinas preinformáticas pagadas a precio de oro y coqueteos con la utopía rural “made in culturas originarias”, puede servir como vacuna, tristemente sólo de alcance local, a un Apocalipsis inducido por la IA. Me refiero a que mientras el mundo desarrollado y hasta el no tan desarrollado se preocupan porque los nuevos sistemas podrían adquirir una preocupante autonomía que los haga mejorarse solos y tomar decisiones sin nuestra anuencia, decisiones potencialmente fatales, aquí le metimos lana a Pemex sobre el principio de que para extraer petróleo basta un popote insertado en la tierra (un popote paraestatal); a un Tren Maya y un Interoceánico con una tecnología que obliga al maquinista a calcular la velocidad mediante un dedo con salivita al viento; a unos caminos hechos a punta de bastón plantador por las comunidades y, sobre todo, no por los ingenieros, con lo que reventaron unas semanas después, a pesar del subsidio al entusiasmo comunitario; a una maestra que en Palacio Nacional se echa el bailongo satírico de “Ay, sí, soy súper competitivo, soy mejor que tú, te voy a ganar y me la pellizcas” (cito de memoria); a los libros de texto de Arriaga, con sus errorcitos, y al trapiche de don Gilberto, ejemplo de economía popular, con su magnífico jugo de caña, mucho más sano que el refresco imperialista.
Mi punto es que AMLO no es que haya visto venir la amenaza con un profundo entendimiento del “machine learning” y la GenAI, por Dios, pero, con la buena suerte que distingue a cualquier autócrata exitoso, digamos que le atinó, y que gracias a él seremos un islote en medio de la devastación planetaria; un puñadito de resistentes que, entre caballos famélicos, maíz primigenio libre de toxinas neoliberales y bidones de huachicol, bajo el liderazgo firme del crimen organizado y los bodoques, serán la última esperanza de la especie. Pobre especie, pero pues es lo que hay. POR JULIO PATÁN