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El agua potable preocupa desde hace años a distintas generaciones de Guadalajara; hoy sigue siendo una demanda en el estado
00:01 lunes 19 octubre, 2026
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Llega muy estilosa –el cubrebocas le combina con el mechón–, muy entrona… y muy bien acompañada por los reporteros de la fuente (la de información; la de agua hace 40 días que no tiene): ni modo de que no la reciba el director general del SIAPA, siglas del tapatío Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado. La hacen pasar a una antesala, donde le ofrecen agua… embotellada (oh ironía, en Toluca). Tres Mazapanes de la Rosa después –entonces el tiempo no se medía aún en Doritos–, otro funcionario amabilísimo sale a decirle que el director “siempre no vendrá” porque el gobernador lo retuvo en una reunión de trabajo. Bueno, ni modo. —Oye, y un favorzote: lo que pasa es que no tomo agua de botellita. ¿Me podrían regalar un vaso de agua de la llave? Al buen hombre –es perceptible incluso a través de su propio cubrebocas– se le descompone el semblante. —Para tomar tenemos agua de garrafón. —No, pues de la llave se puede tomar, ¿no? Resuena trágica la respuesta del funcionario, mitad divertida, mitad derrotada, mitad desolada. (Cuando hay sequía en el estiaje tapatío, las cosas desarrollan una tercera mitad.) —No. —¿Cómo? ¿Por qué? Esa mañana de 2021, Mara Robles, candidata a diputada local del hoy desaparecido partido local Hagamos por el distrito IX de Guadalajara, no recibió jamás un vaso de agua de beber (camarada) porque –lo dijo un funcionario del propio Sistema de Aguas– el agua tapatía no es puede tomar: en muchos grifos –los del SIAPA incluidos– sale color café. El problema es tan viejo que dos décadas antes, cuando candidata a presidenta municipal de la misma ciudad, Mara ya había recurrido a una táctica similar para denunciar los problemas que afectan al menos una de sus vetustas plantas potabilizadoras. Por si el actual gobernador lo hubiera olvidado, en ocasión de una visita suya al ITESO para grabar una entrevista apenas el pasado jueves, tres decenas de alumnos se lo recordaron en términos, digamos, furibundos, admoniciones que Pablo Lemus pareció escuchar con mezcla de paciencia y desdén (“Hablé una hora y cuarto… Escúchenlo mañana”) pero también con compromiso explícito a que el domingo los manifestantes por el derecho a un agua limpia podrían marchar “libremente”. Los jóvenes tapatíos quieren agua como los jovencísimos parisinos quieren escuelas mejor equipadas: hay en ello reivindicación legítima pero también síntoma de malestar general ante una falta de propuesta de futuro que la parsimonia administrativa, la sordera política y la brutalidad policial no hacen sino profundizar, en Saint-Denis como en Huentitán. La gente tiene sed. Aquí de una planta potabilizadora, allá de una reforma, acullá una política de vivienda asequible. Sólo quien logre imaginar un nuevo pacto social y nuevas formas de gobierno logrará saciarla. POR NICOLÁS ALVARADO COLABORADOR IG y Threads: @nicolasalvaradolector