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No era un escenario previsible. No en ese contexto. No de esa manera
23:58 jueves 23 abril, 2026
Colaboradores
Como si a México no le bastara con la violencia que ya lo atraviesa todos los días -en tantas formas, en tantos rincones-, la mañana del 20 de abril dejó una escena que nadie veía venir. La noticia recorrió el país en cuestión de horas y cruzó fronteras cuando un joven de 27 años subió a la Pirámide de la Luna, en Teotihuacán, y disparó contra turistas que visitaban el sitio. Una postal que descoloca porque no corresponde a lo que solemos esperar, incluso dentro de nuestra propia tragedia cotidiana. No era un escenario previsible. No en ese contexto. No de esa manera. Después vinieron las investigaciones, versiones encontradas, intentos por armar el rompecabezas. El nombre de Julio César empezó a tomar forma entre testimonios que lo describen como alguien reservado, sin sobresaltos a simple vista, pero con un trasfondo marcado por posturas racistas, xenófobas, clasistas y homófobas. También apareció la versión oficial que hablaba de influencias ajenas a este mundo, una explicación que, más que aclarar, abrió nuevas dudas. Entre todo eso, hay elementos que pesan más que otros. Las frases que habría dicho antes de disparar, rechazando la presencia de extranjeros. La leyenda en su playera, asociada a grupos que glorifican este tipo de ataques. Un rastro digital en YouTube -todavía en verificación- que sugiere que lo ocurrido no fue improvisado. Pero el detalle clave que inquieta a todas luces era su simpatía por lo sucedido en Columbine en 1999, también un 20 de abril. En aquel episodio, dos estudiantes abrieron fuego en su escuela y dejaron una herida que sigue abierta en la memoria colectiva. Las motivaciones nunca quedaron del todo claras, pero sí había señales de aislamiento, resentimiento y rechazo hacia otros. Perfiles que, con matices, hoy vuelven a aparecer en la figura de Julio César. No se trata de forzar paralelismos, pero sí de reconocer patrones. Porque cuando alguien pasa del discurso al acto, rara vez lo hace solo porque sí. Pensemos en quienes han ejecutado este tipo de actos en niveles más mediáticos; seguro un par de figuras del espectáculo ya aparecieron en su memoria. Por eso vale la pena detenerse en que las ideas que circulan, las frases que se repiten, los mensajes que se normalizan no pueden minimizarse. Ese desprecio disfrazado de orgullo, esa hostilidad envuelta en bandera, ese rechazo constante hacia quien es distinto. Nada de eso se queda en el aire. Encuentra eco, se acumula y se radicaliza. Mientras tanto, lo de Teotihuacán añade otra cicatriz a un país que ya carga demasiadas. También golpea una de sus ventanas más visibles al mundo, justo cuando México se prepara para recibir a miles de visitantes rumbo al Mundial de 2026. Y, entre tanto, se suma una nueva forma de violencia a esa larga lista con la que el país ya sabe -demasiado bien- cómo arrebatarle la vida a alguien o causarle un daño. Pero más allá del impacto económico o de imagen, hay algo más de fondo y es la confirmación de que la violencia también se alimenta de lo que decimos y de lo que toleramos. Por ello no es equivocado pensar en que hay una responsabilidad compartida. De quienes convierten el patriotismo en rechazo al extranjero. De quienes repiten discursos que dividen, que etiquetan, que deshumanizan. Porque en medio de tantas preguntas sin respuesta, tanto lo ocurrido en Teotihuacán como lo de aquella escuela en Michoacán hace apenas unas semanas apuntan, hasta ahora, hacia el mismo terreno de odio aprendido, identidades construidas desde la exclusión y una peligrosa fascinación por la violencia. Nada de eso aparece de la nada. Y mientras sigamos tratándolo como si fuera solo ruido, seguirá encontrando a quien lo escuche. Y, eventualmente, a quien lo ejecute.