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No son las redes sociales las que han envilecido la cultura, si acaso contribuyen, en su obtusa lógica algorítmica, a amplificar la vileza
00:10 jueves 23 julio, 2026
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13 años dormimos Eunice y yo cada noche en la misma cama con Ralston, el bulldog francés que la vida nos regaló. En tiempos de vacas flacas, gastamos el dinero que no teníamos para pagarle no una sino dos rondas de quimioterapia con medicamentos comprados a 30 veces su precio de lista en el culmen del desabasto. No puedo imaginar mejor inversión.
Ralston tenía su lugar en la lista de compras de nuestro hogar: de cachorro con los mazapanes Toledo que eran su deliquio, de mayor con el lomo de cerdo magro que prescribía la veterinaria, y siempre con el brócoli de su muy perronal extravagancia.
Honrábamos esos gustos como los de cualquier integrante de nuestra pequeña familia.
Se entenderá entonces que repruebe los dichos del comunicador Pedro Sola sobre los perros, aun si los sé hiperbólicos, irreflexivos y chacoteros, en sintonía con el temperamento que muchos le conocemos a cuadro y fuera de él. (Las veces que interactué con él en mi paso por TV Azteca me resultó siempre encantador.) Justo por eso –y porque dediqué algunos años a enseñar semiótica– no puede sino indignarme la doble moral del anuncio que lucra con ese escándalo diciendo que “A todos nos gusta una rica tostada” con tal marca de crema pero que “Sola ni a los perritos”. El condescendiente diminutivo es ya bastante irritante –tanto como “mujercitas” fuera de una novela de Louisa May Alcott– pero nada comparado con la formulación “ni a los…” que los coloca por definición en una escala inferior a nosotros, los humanos, que a juicio de la cremería mereceríamos, sólo por serlo, lo mejor. Siquiera el desprecio de Sola por los perros es franco; éste resulta oportunista en su denegación.
Que el hipócrita y ramplón anuncio se inscriba en la lógica del meme y el tren del mame no sorprenderá a quien esté familiarizado con el destino de la película Moscas después de que su director, Fernando Eimbcke, protagonizara su propio escándalo viral tras una proyección en la Cineteca Nacional. Me cuenta alguien que ahí estuvo que la persona con que perdió la paciencia el cineasta no fue insultante pero sí impertinente e irrespetuosa. Cierto es que el buen Fernando –también lo conozco; es gran tipo– hizo gala de mecha corta pero ¿de verdad lo que nos merece una cinta compleja, entrañable y profundamente humanista es el millonésimo mal chiste que incorpore el vocativo broder?
No son las redes lo que ha envilecido nuestra cultura: apenas contribuyen, en su obtusa lógica algorítmica, a amplificar la vileza de nuestra impronta. Quien en verdad ame a los perros hará algo más en su defensa que aprovecharlos para vender crema. Y quien en verdad crea en la solidaridad y la fraternidad como valores hará bien en juzgar a Fernando Eimbcke por la redención que en ellas encuentra su arte.
Lo demás son moscas. Zumban. Y pasan.
Por Nicolás Alvarado