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Un estuario no es una ola. La derecha crece sobre un vacío: sus triunfos, más que un mandato, son un reproche
00:10 miércoles 24 junio, 2026
Colaboradores
Bienvenidos al lugar común de la temporada: “América Latina está girando a la derecha”. La frase suena contundente. A algunos los asusta, a otros los entusiasma, a nadie deja indiferente. Aunque la etiqueta explica menos de lo que acomoda. Porque lo que está produciendo la región no es tanto una nueva hegemonía ideológica, sino algo mucho más frágil: democracias cansadas, gobiernos ineficaces, oposiciones que ganan por poco.
El caso de Colombia es el más reciente. Gustavo Petro llegó al poder en 2022 con un margen modesto: tres puntos en segunda vuelta y una bancada legislativa histórica para la izquierda, aunque insuficiente para gobernar sin alianzas. Su triunfo fue enorme como ruptura simbólica y escueto como mayoría política. Ahora, en 2026, Abelardo de la Espriella parece haber ganado con el discurso de un outsider que quiere restaurar el orden -mano dura, confrontación con el legado de Petro, sintonía con la derecha trumpista- pero por menos de un punto. El tamaño de su aparente victoria importa. Una cosa es ganar democráticamente; otra muy distinta es suponer que una diferencia tan menor valida una refundación nacional.
Las ventajas estrechas exigen prudencia, reconocimiento de la otra mitad que no votó por el ganador. La tentación populista, sin embargo, empuja en sentido contrario: convierte cada elección en plebiscito, cada resultado político en sentencia moral. De hecho, el peligro no es que la izquierda o la derecha ganen por poco; es sobreinterpretar sus triunfos como si hubieran ganado todo.
Perú ofrece otro ejemplo. Su elección no es evidencia de una derecha vigorosa, sino de un sistema exhausto. Después de tres intentos fallidos, Keiko Fujimori podría llegar por fin a la presidencia, pero no con una coalición sólida ni un espectro político estable, sino en función de otra contienda al filo de la navaja: menos de un cuarto de punto de diferencia. Perú lleva ya demasiados años eligiendo y removiendo presidentes, formando gobiernos sin autoridad, celebrando elecciones que no logran poner fin a la crisis que las multiplica.
En suma, Colombia y Perú obligan a tomar distancia del lugar común sobre el ascenso de la derecha en la región. No estamos ante sociedades que descubrieron una súbita y masiva vocación conservadora. Estamos ante electorados impacientes, decepcionados, con muchas ganas de rechazar pero pocas alternativas para reconstruir. La derecha crece sobre un vacío: gobiernos impopulares, partidos débiles, electorados polarizados, inseguridad creciente, desconfianza pública, Estados incapaces… Ahí no hay un mandato, hay un reproche.
La distinción importa. Un estuario no es una ola. Una ventaja que apenas alcanza para tomar posesión no significa un realineamiento ideológico. Una cosa es percibir ciertas señales de cambio y otra convertirlas en expresión inequívoca de un destino continental. América Latina no está eligiendo nuevos futuros; está castigando presentes que ya no soporta.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg