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Digo lo de “inusual” por dos razones. La primera y más evidente: no es frecuente que un militar de alto rango muestre así sus emociones
00:01 sábado 28 febrero, 2026
Colaboradores
Al general Ricardo Trevilla, secretario de Defensa, se le quebró la voz cuando habló en la conferencia matutina de la presidenta, y, salvo tal vez algún lunático por ahí, todos nos emocionamos con él, de manera inusual.
Digo lo de “inusual” por dos razones. La primera y más evidente: no es frecuente que un militar de alto rango muestre así sus emociones en una comparecencia pública. La ocasión, sin embargo, lo justificaba. El Estado mexicano había logrado atrapar al famoso Mencho, muerto un rato después, nos dijeron, como consecuencia del intercambio de disparos, durante el traslado, pero el precio había sido alto: 25 guardias nacionales muertos en la operación, a los que se suman un custodio, un agente de la fiscalía de Jalisco y, dicen las fuentes oficiales sin muchas precisiones, una mujer.
Este país es tan raro que uno puede terminar por coincidir, se entiende que ocasiones muy concretas, con alguno de los comentócratas más oficialistas. En efecto, en México las “fuerzas de seguridad”, para usar el término favorito de los colegas, se la juegan muy en serio con organizaciones criminales, como el Cártel Jalisco Nueva Generación, que tienen un armamento cada vez más sofisticado, un entrenamiento cada vez más profesional y una propensión no solo a la violencia, sino incluso a la crueldad, como no se había visto en este país de sociópatas.
Lo menos que les debemos, efectivamente, es un reconocimiento sin mezquindades por su valentía y su decisión de dar la vida por los ciudadanos de bien. Lo que pasa es que hay, por supuesto —y aquí la segunda razón para hablar de algo inusual—, muchas consideraciones en las que detenerse, que son las que suelen pasar por alto en el oficialismo.
De entrada, un justificado escepticismo entre muchos ciudadanos por la militarización amloísta, que puso al Ejército y la Marina a hacer cuanta cosa, desde cuidar las aduanas hasta construir trenes o aeropuertos, pero les amarró las manos a la hora de enfrentar al crimen organizado.
Hay en estos días una tendencia en el chairisimo a reivindicar lo de “abrazos, no balazos”, con explicaciones como que era un eslogan, pero no un cheque en blanco para la delincuencia. Por Dios: no hay manera, colegas. El levantamiento armado que vimos después de la caída de Oseguera es inapelable.
El crimen organizado tuvo su Edad de Oro durante el sexenio de López Obrador, y ahora pagamos las consecuencias. Súmenle a esa militarización disfuncional los no pocos casos de corrupción entre los uniformados —el huachicol, nada más para empezar—, o la infiltración por las mafias, muy real, de las policías municipales y estatales, y se entenderán nuestras reservas.
Así y todo, insisto, momentos como estos exigen una suspensión de la duda y un reconocimiento a los caídos, personas íntegras y valientes. Aquí queda.
POR JULIO PATÁN
COLABORADOR
@JULIOPATAN09