Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
Es muy sencillo en la concepción de la política mexicana desechar una idea
00:01 viernes 24 julio, 2026
Colaboradores
En México el diálogo político está roto, quebrado, agrietado y desgastado sobremanera. No es una afirmación categórica, pero sí una lectura bastante notoria. Tampoco me refiero a los espectáculos que nuestros políticos ofrecen en el Congreso, en las cámaras o en los espacios de debate; no, me refiero al que deberíamos ejercer los ciudadanos. Ya en ocasiones anteriores había recalcado en este espacio que a México le urge recuperar el debate entre la ciudadanía, que la polarización nos tiene tan divididos que hemos abaratado no solo la discusión, sino el valor que le otorgamos a la idea del otro, especialmente cuando esa idea va en contra o parece remar contracorriente a nuestros propios ideales.
Escuchando una de esas eternas pláticas que no llegan a nada y que se replican de familia en familia, de una tarde de amigos hasta en los encuentros de ocio en el trabajo, uno de los participantes dejó la mesa diciendo "es que es muy fácil ganar estos debates". Más allá del dejo de suficiencia, lo que es indispensable entender es que los debates no son para ganarse; están, por contrario que parezca, lejos de ofrecer respuestas; lo que sí deberían impulsar es formular las preguntas correctas en pro del tema discutido. Esto surge a raíz de lo dicho en un podcast por una creadora de contenido, Natalia Torres, acerca del voto en México. Y mire, más allá de nuestra bandera política, lo que ocurrió después refleja más de nosotros como electorado que de la clase política, incluso de la propia joven. En primera, lo dicho se sacó de contexto a conveniencia -claro- de cualquier militancia. Mientras por un lado se afirmaba que ella propuso segregar el voto; por otro se quiso aprovechar por una oposición cada vez más desdibujada y que utiliza cualquier ruido de donde venga sin moverle un pelo al oficialismo. Pero de nosotros como actores, como participantes de una democracia, en redes, en el encuentro con el hermano, la tía, los amigos, los compas, el taxista, el de los tacos o el que espera en la fila del IMSS, esto reflejó claramente que el valor que le otorgamos a una idea se mide en relación al partido al que le vamos, como si de equipos de futbol se tratara.
Fíjese muy bien, somos un "electorado tan pasivo" -como me señalaba hace poco una voz con años en el oficio periodístico- que de cien millones de votantes registrados en el INE, en las elecciones presidenciales del 2024 participamos 60 millones de personas. 4 de 10 mexicanos no votan. Es muchísimo voto perdido, tanto que es evidente que no hay un interés genuino en involucrarnos más, ya no se diga mejor. A eso hay que agregar que estamos sumamente acostumbrados a votar por partidos. Incluso así nos venden la contienda: el oficialismo pide "vota todo Morena"; la oposición insiste "No votes por Morena". Es más, asociamos antes el color del partido que a los representantes mismos, sin siquiera a veces entender la función que desempeñan. Incluso, un vicio que ocurre es que el mexicano asocia cualquier cosa que pasa en su contexto con la política en masa, y culpamos al gobierno federal sin entender cómo funcionan las capas y los niveles estatales y municipales. La estructura institucional es la que se nos escapa de ese entendimiento. En consecuencia, es muy sencillo en la concepción de la política mexicana desechar una idea antes que diferir, proponer algo más, o bien, otorgarle su justo valor y pensar si es preciso mejorarla. Pero no estamos acostumbrados a escuchar al que piensa distinto a nosotros y, si nos detenemos a pensarlo un poco, al mantener esta sinergia tan negativa de diálogo desgastado, de no encontrarnos en esas diferencias políticas -que sí deberían ser parte de nuestro interés diario-, le damos incluso el control y protagonismo de todo esto a nuestros políticos, quienes siguen lanzando diatribas, ofensas, dimes y diretes en el Congreso, en las mesas y en la campaña, pero que curiosamente todos votan hacia un mismo lado cuando se trata del aumento a bonos y salarios que ellos perciben. Pensémoslo un poco, podemos ver un encendido, hasta entretenido encuentro, si quiere, entre Fernández Noroña y Lilly Téllez; pero si el ciudadano mirara las escenas de los aumentos al salario de nuestros elegidos, se asombraría de que todos levantan la mano: los Noroña, las Téllez, los Monreal, las Rabadán, Salgado, Adán, Mier, el Cuau y compañía. El problema en sí, sin importar la preferencia política que profese, no es Natalia Torres, no es lo que dice un columnista de viernes, ni siquiera el "pinche gobierno que todo se roba" -cito a cualquier amigo, primo, cuñada o vecina que se le venga a la mente-; quizá el meollo de todo este rollo esté en que hemos dejado de mencionar la falta de diálogo por la polarización que existe; y mire cómo es de curioso el tema del lenguaje y la comunicación: lo que no se nombra, poco a poco desaparece.