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Estamos acostumbrados a imaginar la guerra mediante imágenes muy concretas
00:01 viernes 25 septiembre, 2026
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Hace algunos años, mientras leía El invierno del mundo, de Ken Follett, me encontré con una escena que regresó a mi memoria por una razón inesperada. En ella, el escritor británico recreaba los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y mostraba a un Joseph Stalin rodeado por sus colaboradores cuando llegaban las noticias sobre el uso de la bomba atómica contra Japón. Más allá de las licencias propias de una novela histórica, aquella escena me dejó pensando desde entonces en algo que rebasa al personaje y a su época, en la manera en que una amenaza exterior puede modificar la política interna de un país, reagrupar intereses y convertir la incertidumbre en una razón para cerrar filas alrededor de quien gobierna. Recordé aquel pasaje muchos años después y gracias, curiosamente, a mi afición por la aviación. Hace unos días escuchaba al ingeniero aeroespacial Sergio Hidalgo explicar las recientes incursiones e interceptaciones ocurridas en el espacio aéreo de países que comparten el flanco oriental de la OTAN, episodios protagonizados por drones y aeronaves que inevitablemente conducen la conversación hacia Rusia y hacia una guerra en Ucrania que parece haber acostumbrado al mundo a convivir con noticias que hace apenas algunos años habrían encendido todas las alarmas. Mientras lo escuchaba, sin embargo, algo me resultaba mucho más interesante que las características de una aeronave, el alcance de un radar o la capacidad de respuesta de un caza. Pensaba en una pregunta aparentemente sencilla, pero bastante difícil de responder cuando uno observa lo que está ocurriendo en esa región del mundo. ¿Cuándo comienza realmente una guerra? Estamos acostumbrados a imaginar la guerra mediante imágenes muy concretas, soldados cruzando una frontera, columnas de vehículos militares avanzando sobre una ciudad, bombardeos, movilizaciones y gobiernos que reconocen abiertamente que existe un enemigo al otro lado. Quizá esa concepción nos resulta cómoda porque establece una frontera reconocible entre dos estados que suponemos perfectamente diferenciados, primero existe la paz y después comienza la guerra; sin embargo, buena parte de las tensiones contemporáneas parecen desarrollarse precisamente en el enorme territorio que existe entre ambas. Durante los últimos años, los países del flanco oriental de la OTAN han denunciado incursiones aéreas, operaciones cibernéticas, interferencias electrónicas y otras actividades atribuidas a Rusia, mientras Moscú ha rechazado distintas acusaciones y mantiene su propia narrativa de confrontación con Occidente. No todos los episodios tienen la misma gravedad ni puede atribuirse automáticamente cada incidente a una decisión deliberada del Kremlin, pero su acumulación permite observar algo que resulta políticamente mucho más interesante, la existencia de un espacio donde es posible presionar, probar capacidades, obligar al adversario a reaccionar e incluso desgastarlo sin atravesar necesariamente el umbral que convertiría una provocación en un ataque armado. Ahí adquiere importancia una distinción que a veces perdemos cuando hablamos de la OTAN. Su artículo 5 no necesita una declaración formal de guerra para activarse, sino la existencia de un ataque armado contra alguno de sus integrantes; además, la propia organización contempla que determinadas acciones híbridas o cibernéticas podrían alcanzar, dependiendo de su gravedad, ese umbral. La dificultad aparece precisamente antes de llegar hasta ahí, cuando un dron atraviesa una frontera, una aeronave penetra durante algunos minutos un espacio aéreo o una infraestructura es atacada y todavía quedan preguntas sobre quién ordenó la acción, con qué intención y hasta dónde debe llegar la respuesta. Ese terreno de ambigüedad puede resultar extraordinariamente útil en política. Una reacción demasiado débil puede interpretarse como permisividad, mientras una respuesta desproporcionada corre el riesgo de convertir a quien responde en responsable de una escalada que nadie parece querer asumir. Cada incidente obliga entonces a medir palabras, movilizar aeronaves, consultar aliados, reunir evidencia y decidir cuánto puede tolerarse antes de que aquello que todavía llamamos tensión tenga que recibir otro nombre. También Rusia obtiene beneficios de esa ambigüedad, aunque sería aventurado afirmar que cada incidente forma parte de un plan perfectamente diseñado por Vladimir Putin para conservar el poder o fracturar a la OTAN. Hay, sin embargo, una pregunta legítima sobre la utilidad política que tiene para el Kremlin mantener viva la idea de una Rusia permanentemente confrontada por Occidente. Los gobiernos han sabido desde hace mucho que la amenaza exterior puede producir cohesión interna, reducir temporalmente las diferencias y transformar al adversario extranjero en argumento político; Putin no inventó ese mecanismo y tampoco es el único gobernante capaz de utilizarlo. Quizá por eso volvió a mi memoria aquella escena de Follett. No porque la Rusia de Putin pueda equipararse sin más con la Unión Soviética de Stalin, tampoco porque exista una continuidad sencilla entre dos proyectos políticos separados por décadas de historia, sino porque el comportamiento humano alrededor del poder conserva algunas constantes inquietantes. Cambian las armas, los tratados y los nombres de los países; permanecen, en cambio, la necesidad de construir legitimidad, el miedo al enemigo exterior, las disputas territoriales y la posibilidad de convertir una amenaza en instrumento político. La guerra en Ucrania ha demostrado además que Rusia está dispuesta a utilizar abiertamente la fuerza militar cuando considera que sus intereses lo justifican, pero una confrontación directa con la OTAN pertenece a otra dimensión. Después de años de desgaste militar, económico y humano, abrir deliberadamente otro frente contra una alianza que incluye a varias potencias nucleares supondría riesgos incomparablemente mayores. Tal vez por eso resulte todavía más importante observar lo que sucede debajo de ese escenario extremo, ahí donde nadie necesita declarar una nueva guerra para conseguir algunos de los efectos políticos que produce una confrontación. Un dron puede ser derribado y convertirse en incidente diplomático; un avión puede ser interceptado y regresar a su espacio aéreo; un ciberataque puede tardar semanas en ser atribuido y una operación de sabotaje puede permanecer durante meses rodeada de sospechas. Ninguno de esos acontecimientos, por sí mismo, tiene necesariamente que desencadenar una guerra, pero todos obligan a preguntarnos cuántos episodios pueden acumularse antes de modificar nuestra definición de aquello que está ocurriendo. Tal vez ésa sea una de las paradojas de nuestro tiempo. Después de dos guerras mundiales, la humanidad construyó instituciones, tratados y alianzas destinadas precisamente a impedir que una provocación se convirtiera con facilidad en una catástrofe; esas reglas siguen siendo indispensables, pero alrededor de sus límites también apareció un terreno gris en el que los Estados han aprendido a moverse, midiendo hasta dónde pueden avanzar sin provocar una respuesta que ninguno pueda controlar. Hace unos días comencé viendo un video sobre aviones y terminé pensando en Stalin, Putin, la OTAN y una novela que había leído años atrás. Puede parecer un recorrido extraño, aunque quizá no lo sea tanto. Los aviones cambian, las armas cambian y las maneras de enfrentarse también lo hacen; lo verdaderamente inquietante es descubrir que algunas preguntas permanecen. Sabemos reconocer una guerra cuando ya comenzó. Lo difícil, quizá, sea descubrir exactamente en qué momento dejamos de estar en paz. ¿Y qué sucedió después de que Stalin se enteró de aquel ataque, con el que Estados Unidos no solo demostraba una enorme superioridad militar, sino que ganaba terreno en la disputa por la hegemonía mundial? Stalin aceleró el desarrollo del programa nuclear soviético para conseguir un arma equiparable con la cual afrontar las siguientes décadas de confrontación. En lo político, la Unión Soviética cerró filas frente a Occidente. Stalin, a cuyo régimen se atribuyen millones de muertes por represión, purgas, deportaciones y otras políticas, pudo presentarse también como el gran jefe que había conducido al pueblo soviético a la victoria. La propaganda hizo el resto y el régimen supo capitalizar tanto el triunfo como la aparición de un nuevo adversario.