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Al final del día, los mandatarios pasan y la economía de los pueblos queda
00:01 viernes 9 octubre, 2026
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Amable lector, si algo nos ha enseñado la observación atenta de la política internacional es que los imperios rara vez caen por un embate repentino de sus enemigos exteriores, sino que suelen desgastarse, poco a poco, por la acumulación de sus propias imprudencias tácticas. Y usted pensará -y con razón- que referirse a la actual administración estadounidense desde este ángulo resulta arriesgado cuando estamos acostumbrados a esa retórica simplista que pretende dividir al mundo entre buenos pulcros y villanos de sangre. Pero la realidad geopolítica, como suele suceder cuando nos quitamos las gafas del partidismo, es bastante más compleja y terrenal que un libreto de Hollywood. No me malinterprete, porque quien esto escribe jamás ha sido un apologista del inquilino de la Casa Blanca ni de sus formas, que con harta frecuencia rayan en lo insostenible y erosionan esa proyección diplomática que a Washington le tomó décadas moldear. Sin embargo, desde una trinchera estrictamente periodística, hay que admitir que Donald Trump resulta un personaje fascinante, un imán indispensable para la nota diaria que jamás nos deja con las manos vacías cuando la información parece estancarse. Aunque una cosa es la eficacia del espectáculo mediático y otra, muy distinta, el balance frío de la gobernanza cuando se acercan las elecciones intermedias de noviembre. Parece que a los gobernantes se les olvida -y esto no es exclusivo de Trump- que ellos son elegidos por la gente, pero distan un mundo de ser la imagen por sí solos de la nación que encabezan; y resulta que los errores de cálculo terminan por pasar factura cuando el margen fiscal y la paciencia del electorado comienzan a asfixiarse. Durante mucho tiempo se sostuvo la tesis de que la economía norteamericana, por su escala y su nivel de consumo brutal, podía asimilar sin mayor despeine los golpes de una guerra comercial agresiva y el incremento sistemático de aranceles. Y aunque es verdad que el gigante mantiene su musculatura orgánica intacta, la realidad es que el proteccionismo rampante terminó por acorralar las finanzas e impactar el bolsillo de la gente de a pie, esa misma gente que hoy no parece muy entusiasmada con los discursos trumpistas.
Ahora, conviene hacer una pausa necesaria, porque al pan, pan y al vino, vino. Estados Unidos, más allá de los perfiles que lo gobiernen, dista mucho de ser el mal absoluto del planeta, por más que la retórica antiimperialista se obstine en pintarlo así. Nos parece escandaloso porque se trata de Trump y de la mayor potencia global, pero no hay que perder de vista que su discurso populista no surgió de la nada, sino que fue alimentado por el desgaste de otro tipo de políticas bastante cuestionables -mismas que terminaron por provocar el repliegue de las izquierdas en nuestra propia Latinoamérica-. Si nos ponemos rigurosos, a veces la oferta política nos obliga a elegir entre negro y negro, porque un fenómeno como el trumpismo no es exclusivo de Washington; nace en cualquier latitud y echa raíces ahí donde el descontento de la gente y la permisividad del electorado se lo facilitan. No obstante, mire, seguramente le pondrán el pecho a las balas, Trump pasará como una difícil lección -esperemos- y la economía estadounidense seguirá marcando el ritmo junto con los aliados y rivales ya conocidos. Si a ese escenario de presión económica le sumamos una política exterior que de pronto decidió apretar las tuercas en nuestro patio trasero —desplegando músculo en el Caribe para estrechar el cerco sobre Venezuela y tensionar el ambiente regional— para luego, de forma precipitada, enviar la fuerza naval al otro lado del planeta hacia el avispero de Medio Oriente, el resultado no es otro que una sobreextensión estratégica difícil de sostener. Y no es que uno pretenda ignorar la influencia que los aliados históricos ejercen sobre las decisiones de Washington ni mucho menos su capacidad militar, pero cuando las operaciones bélicas empiezan a costar miles de millones de dólares y el Congreso frena los presupuestos porque las arcas internas ya sienten el rigor del proteccionismo, es evidente que el margen de maniobra se ha salido de control.
Considero -y léase como una lectura rápida, breve y personal- que esos fueron los detalles que más le costó ignorar a Trump: que los aranceles eran una apuesta con riesgos y que la guerra cuesta mucho dinero, más cuando en esos rubros eres tú y los demás. Por eso no debe extrañarnos que, a escasas semanas de verse las caras con las urnas y con las encuestas mostrando un panorama adverso que favorece a la oposición demócrata, surjan sobre la mesa promesas desesperadas de corte populista, como regalar 5 mil dólares como si de el dinero existiera de la nada, o esa búsqueda casi obsesiva por un galardón internacional que sirva como escudo simbólico. Mire usted, amable lector, si al final del día la diplomacia mundial decide o no otorgar cierto ansiado premio de la paz -esto no lo alcanzará a ver esta columna-, la verdadera historia ya habrá quedado escrita en los hechos, porque ningún reconocimiento externo puede maquillar el desgaste de un liderazgo que prefirió la estridencia del titular sobre la prudencia de Estado. Al final del día, los mandatarios pasan y la economía de los pueblos queda; la lección sigue siendo que en la gran arena de la política global, los excesos siempre los termina pagando el electorado.