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Parecería que el presidente Trump sigue esa formulación, pero valdría preguntar si los intereses estadounidenses se benefician
00:10 miércoles 26 agosto, 2026
Colaboradores
Fue una semana particularmente ruda para la política exterior estadounidense: por un lado, pareció iniciar una literal guerra comercial con Canadá, hasta hoy socio del acuerdo comercial norteamericano que incluye a México, y bajó de nivel unos simulacros de entrenamiento defensivo con Corea del Sur porque ese país no ha ayudado a abrir el Estrecho de Ormuz.
Canadá es uno de los principales socios comerciales estadounidenses, integrado como México en las cadenas de producción estadounidenses y, durante décadas, un aliado que ha tomado riesgos políticos y militares para apoyar a Estados Unidos.
Corea del Sur es una nación que ciertamente debe la vida a Estados Unidos y que también los ha acompañado en problemas políticos y militares, de Vietnam a la guerra del Golfo.
Ninguno de los dos, como tampoco otros aliados estadounidenses, en específico los miembros europeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), fueron consultados por el gobierno del presidente Donald Trump respecto a lo que fue de hecho el inicio de la actual guerra contra Irán hace seis meses.
Pero ahora el estadounidense demanda apoyo, aunque la guerra en Irán ha tenido costos económicos considerables para una Europa dependiente del petróleo y que, a partir de demandas de Trump, ha comenzado a incrementar su presupuesto militar.
El hecho, como escribió recientemente Peter Baker para The New York Times, es que Trump ha puesto de cabeza las alianzas y asociaciones que Estados Unidos mantuvo desde el final de la Segunda Guerra Mundial y con las que ganó la "Guerra Fría".
Pero hoy, "las alianzas tradicionales de Europa con Asia y el Medio Oriente se han desgastado mientras el presidente corteja a aquellos alguna vez vistos como sus adversarios".
Hace 36 años, cuando el mundo se encaminaba lenta, pero seguramente a la guerra contra Irak por la invasión y ocupación de Kuwait, el entonces presidente George H. W. Bush dedicó meses tanto a "construir" una opinión pública favorable al uso de la fuerza contra el invasor como a crear una alianza que no solo legitimara internacionalmente la intervención, sino que contribuyera a financiarla.
Hoy el presidente Trump enfrenta secuelas de haber lanzado una guerra contra Irán sin realmente habérselo propuesto, confiado solo en la inteligencia israelí y las opiniones del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, e irritado con los aliados de Estados Unidos por no ayudarlo a mantener abierto el Estrecho de Ormuz.
Hace casi 200 años, el entonces primer ministro británico, Lord Palmerston, afirmó que "no tenemos aliados eternos ni tenemos enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber seguir esos intereses".
Parecería que el presidente Trump sigue esa formulación, pero valdría preguntar si los intereses estadounidenses se benefician de tener países adversarios o resentidos en sus fronteras.
POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
COLABORADOR
@CARRENOJOSE1