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El país que durante décadas funcionó como ancla -para bien o para mal- hoy se dedica a provocar tempestades
00:00 miércoles 21 enero, 2026
Colaboradores
Un año es poco tiempo para organizar el mundo; pero alcanza, de sobra, para desordenarlo. Ese es el saldo más evidente del primer aniversario del segundo Trump: no la creación de un nuevo orden, sino la irrupción de un liderazgo que produce desgobierno. El suyo es un modo de ejercer el poder que sustituye cabeza por músculo, instituciones por “deals”, previsibilidad por chantaje. Su objetivo es menos estabilizar las expectativas que explotar el desconcierto. El proyecto es la entropía. Es innecesario buscarle un programa; lo crucial está en el procedimiento. Trump no necesita un guion para marcar el ritmo. Le basta repetir una secuencia -anuncio, amenaza, condiciones- para instalar un sobresalto crónico que vuelve irrelevante cualquier discusión de fondo. La política, doméstica o exterior, se vuelve una sala de espera: todos a la expectativa, mirando la puerta, pendientes del próximo ultimátum. ¿Qué dijo ahora? ¿Qué quiere esta vez? ¿Qué hacemos? Su ventaja no reside en su visión; radica en su habilidad para obligar a reaccionar sin tregua. Esa rutina tiene un costo. Y no lo pagan sólo los estadounidenses, los mercados o los gobiernos. Lo pagamos todos. La incertidumbre que genera Trump opera como un impuesto global. Nadie lo vota ni lo aprueba, simplemente se cobra. Llega con una alerta en el teléfono y, sin hacer ruido, altera el tono del día: un inventario se queda varado; el viaje largamente planeado mejor se posterga; un precio amanece más alto; una inversión entra en pausa indefinida. Hasta la conversación más trivial recala en escenarios que apenas ayer sonaban descabellados. Y entonces estalla otra noticia inverosímil, pero veraz, que ya no da risa sino miedo. La vida sigue, pero con un zumbido de fondo que no cesa. Es un gravamen que se recauda de muchas maneras, pero sobre todo en la divisa que Trump domina: la atención. La carga se va acumulando: satura el ancho de banda y embota la capacidad de respuesta. Cuando cada 24 horas cae un golpe -un nuevo amago arancelario, otra redada de ICE, el manotazo sobre Venezuela, la embestida contra el presidente de la Reserva Federal, la OTAN en entredicho por Groenlandia, la cacería judicial contra quienes investigaron el asalto al Capitolio- la energía se consume en resistir, no en contrarrestar. Y el desgaste hace su trabajo: la urgencia desplaza la deliberación, la razón pública se achica. El imperio manda, sin necesidad de persuadir, mediante el aturdimiento y la fatiga. Al final, el balance de este año no es sólo el abultado catálogo de temas que retumban en los encabezados; es también la formación cotidiana del hábito de la intemperie. En doce meses, lo anómalo ha dejado de sentirse episódico y empieza a sentirse epocal. El país que durante décadas funcionó como ancla -para bien o para mal- hoy se dedica a provocar tempestades. Este primer aniversario deja una intuición ominosa: sin un giro pronto y drástico, el rumbo que se perfila sólo puede desembocar en un desastre. POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg