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Los estafadores y criminales del cineasta antes parecían exagerados, por decir lo menos, pero hoy retratan un mundo que nos alcanzó hace mucho tiempo
00:01 jueves 1 octubre, 2026
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Guy Ritchie apareció en el panorama cultural de fines del siglo XX con un estilo y un universo plenamente identificables. En efecto, desde la Lock, Stock and Two Smoking Barrels que lo lanzara a la relevancia global en 1998, fue posible identificar en la obra del cineasta una sintaxis peculiar –la permanente dislocación del tiempo– y un ritmo idiosincrático –alternancia entre cámara lenta y edición rápida, cesuras discursivas en secuencias frenéticas–, por no hablar de un territorio físico –el Reino Unido contemporáneo– y uno moral –la estafa como paradigma que unifica a todos los actores en todos los entornos sociales–, así como un tono propio, crítico y cruel pero siempre escéptico e hilarante.
Snatch (2000) le supuso una cima temprana pero también una suerte de callejón sin salida. Distraído por su matrimonio con Madonna y la notoriedad que le trajera, el director abjuró de su propio universo para explorar la narrativa estelar de su entonces señora con una película innecesaria y chirriante (Swept Away, 2002) que poco contribuyera a la carrera de cualquiera de los dos.
Ritchie trataria de volver a su camino con las dos que a mi impopular juicio son sus mejores cintas (la insospechadamente borgesiana Revolver, 2005, y la eficacísima Rock’n Rolla, 2008) pero no habría de conocer sino un fracaso con la primera y un éxito menor con la segunda, lo que muchos achacarían a la sobreexposición pero yo prefiero explicar a partir de su desfase del Zeitgeist: en el mundo de certezas que lo viera nacer como cineasta –los años del fin de la Historia y el Consenso de Washington, del triunfo de la democracia liberal–, las primeras películas de Ritchie se antojaban grotesquerías ajenas a la realidad, chistes desmesurados. No así en el mundo post 9-11.
Tras dedicar una década a la reconstrucción de su viabilidad industrial dirigiendo ajeno, Ritchie habría de revisitar el mundo de su propia creación en The Gentlemen (2019), que lo devolvería al éxito autoral al punto de redundar en un spin-off de serie televisiva homónima que acaba de inaugurar su segunda temporada en Netflix, mientras hace lo propio en Paramount+ Mobland, otra serie concebida por Ritchie desde la misma cosmovisión. Con vistas acumuladas que hoy rebasan los 150 millones, a sus 58 años, el director es hoy el rey de la ficción seriada, y ello sin apartarse de su universo narrativo primigenio.
Acaso quepa explicar su apoteosis tardía en que al fin el mundo lo ha alcanzado. Empeñado desde siempre en retratar un mundo en que el crimen organizado permea todos los estratos y jala todos los hilos con total impudicia, en un cuarto de siglo Ritchie ha pasado de caricaturista a casi documentalista. Verlo es ingresar a la casa de los espejos: por mucho que nos deforme la superficie, no podemos sino reconocernos.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threads: @nicolasalvaradolector