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No siempre el agua es tan clara como se piensa. A veces, por ejemplo, los ríos se enturbian
00:02 domingo 19 enero, 2025
Lecturas en voz alta
Le pregunté entonces a mi interlocutora que dónde había leído eso de que «todos hemos nacido para ser felices», y ella me respondió que no sólo en uno, sino en muchos libros; que ella estaba muy de acuerdo con esa afirmación y que no había por qué darle más vueltas al asunto, pues la cosa estaba más clara que el agua. -Después de todo –dije yo, a mi vez- no siempre el agua es tan clara como se piensa. A veces, por ejemplo, los ríos se enturbian, sobre todo después de una lluvia especialmente intensa. -No quiera hacerse el chistoso –me respondió la mujer, visiblemente contrariada-. Usted sabe muy bien lo que le quiero decir. -Si lo que usted afirma es verdad –contraataqué-, ¿qué es lo que hay que pensar de aquellos que, por lo menos hasta hoy, no han podido verle la cara a la felicidad ni siquiera de perfil? ¿Debemos decir que han fracasado en la vida? Porque seríamos unos ilusos si pensáramos que en estos confines del mundo en el que nos movemos usted y yo la gente está que rebosa de sentimientos eufóricos o de cosas parecidas… -«Consideramos evidentes por sí mismas las siguientes verdades –dijo la mujer adoptando un tono magisterial-: que todos los hombres han sido creados iguales; que han sido provistos por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se hallan la vida, la libertad y la felicidad»…
-Ese texto me suena. ¿De dónde lo tomó usted?
-Nada menos que de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América: 4 de julio de 1776. Hace treinta años, cuando era estudiante de filosofía en el Seminario de San Luis Potosí, recuerdo haber defendido públicamente (era el día de Santo Tomás de Aquino) la tesis de que la felicidad, en efecto, era uno de los derechos del hombre. ¿Cómo es que no cité entonces la famosa Constitución Americana? Eso fue todo lo que pensé mientras mi interlocutora seguía recitando:
-«Y para asegurar estos derechos se han instituido gobiernos entre los hombres, gobiernos que derivan sus poderes legítimos del consentimiento otorgado por los gobernados, de manera que cuando una forma de gobierno es perjudicial para esos fines, el pueblo tiene derecho a cambiarla o abolirla y a establecer un nuevo gobierno que se base en principios tales y organice su poder en tal forma que resulte la más apropiada para procurar su seguridad y felicidad». -¡Tiene usted una memoria prodigiosa! –dije a la mujer para halagarla un poco.
Sí, todo esto sonaba muy bonito. En lo que no estaba de acuerdo con la dama –y, de paso, con aquella Declaración que ella se sabía al dedillo- era en eso de que «todos hemos nacido para ser felices». En otro tiempo, como digo, hasta me hubiera emocionado oyéndola; pero hoy, cuando escucho este tipo de cosas, prefiero guardar un silencio respetuoso. Y no es que me haya vuelto un pesimista o un amargado; es, más bien, que la experiencia de la vida me ha enseñado que no siempre las cosas son como se escriben. «¡Ya sé lo que quieres!» –dijo una vez San Agustín (354-430) a uno de sus amigos: «Tú quieres ser feliz». Y el amigo debió reconocer que, en efecto, eso era lo único que quería. ¿Quién es el que no querría ser feliz, a menos que estuviera mal de la cabeza? Donde no siempre nos salen las cuentas a los humanos es en el hecho de que querer y poder no son, por desgracia, palabras sinónimas. En Dios el querer y el poder son una y la misma cosa; pero nosotros, ¿podemos siempre lo que queremos? Yo, por ejemplo, no quisiera morirme, pero no puedo evitarlo; tampoco quiero que se mueran los que amo y, sin embargo, todo parece indicar que un día –contra mi voluntad y pese a mis lágrimas- morirán. Todo esto dije a mi interlocutora, pero creo que no la convencí.
-¿Y entonces nuestros deseos? –me preguntó. ¿Y no es verdad que nuestra sed presupone la existencia del agua?
-Quizá la presuponga, pero esto no quiere decir que ésta tenga que salirles al paso. «Lo que hace bellos los desiertos es que ocultan un pozo en algún lugar», dijo una vez el Principito. Pero, ¿encontrarán ese pozo los beduinos antes de que el cuerpo se deshidrate y todo esté perdido? ¿Es, pues, la felicidad un derecho? Tal vez sí; de lo que ya no estoy muy seguro es que la felicidad sea también sea un deber. Hoy, más bien, creo que el hombre ha venido a este mundo a cumplir con una misión, y que la felicidad viene después de haberla cumplido (si es que viene alguna vez). ¡Ah, la felicidad! Alguien la comparó con una sombra que entre más tratas de alcanzarla más se te escapa. ¿La felicidad? No, gracias. Conocí hace poco a una mujer cuyo hijo vivía sentado en una silla de ruedas, y en más de una ocasión pude verla llorando. Esta mujer, a simple vista, es infeliz. Pero la creo mucho más feliz que aquella otra que ha abandonó a sus hijos –dejándoselos a los abuelos- para irse a vivir, como dice una canción, la vida loca. Cuando el hijo de la primera haya muerto, ésta llorara todavía más; pero, en su dolor, conocerá un consuelo: el de haber estado con su hijo de noche y de día, de haber cumplido con su deber. ¡En cambio la segunda!... No, por favor, de esta última no hablemos: sus risas esconden algo; su alegría nos parece hueca, pese a que creyó siempre en su derecho a ser feliz. No, hoy no pondría la felicidad en la cumbre de mis ambiciones. Me basta con cumplir con mi deber, aunque sea pequeño: hacer lo que tengo que hacer humildemente y a conciencia. Y si de la realización de este deber me llega la felicidad, bienvenida sea: la recibo en mi casa como un amigo querido que llega siempre tarde a sus citas. Hoy, a estas alturas de mi vida, me apropio con gusto de aquellas palabras que un día pronunció Jan en El malentendido, la pieza teatral de Albert Camus (1913-1960): «No, la felicidad no es todo; los hombres tienen deberes».