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Que Sheinbaum tenga que pactar y tener una relación sana y equilibrada con el gran capital es una necesidad de supervivencia de su gobierno
00:10 miércoles 5 agosto, 2026
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Mucho se habla en estos días sobre los cambios que se han dado en diversos países. Los electores han ido de un lado a otro con la única constante de la decepción política. Hace pocos años, con López Obrador en la presidencia mexicana, el vecindario tenía varios países gobernados por las opciones de izquierda. AMLO tenía su grupo de amigos con los que podían hacer un bloque. Hoy, Sheinbaum está prácticamente sola. Algún par de desfasados como Nicaragua y Cuba. La derecha domina sobre el continente.
En efecto, los electores cambian. Es difícil mantenerse sin cambios en la vida. Mucho menos cuando pruebas aquí o allá a este o aquel -que es lo que pasa con los gobiernos-, uno tiende a cambiar de preferencias. Incluso hay quienes definen su voto en sentido negativo: votan en contra de lo que detestan, no a favor de algo.
Cambiar es algo inherente a las personas. Más allá de los saltos ideológicos de políticos desvergonzados, lo cierto es que uno avanza o retrocede en ciertas cosas por diversas razones. La vida cambia si uno es papá o si uno vive en pareja o si consigue lo que buscaba de trabajo o no. El cambio es la constante.
El cambio, adaptarse a las circunstancias imperantes, no solamente es una necesidad del político sino de los seres humanos. Que Sheinbaum tenga que pactar y tener una relación sana y equilibrada con el gran capital es una necesidad de supervivencia de su gobierno más allá de si a los veinte años pensaba que el estatismo era la solución a todo. Muchas veces vemos críticas en ese sentido dando a entender que la gente no puede evolucionar.
A propósito de este tema, el gran escritor inglés Julian Barnes, publicó un ensayo hace poco en el que da cuenta de sus ideas sobre los cambios que ha experimentado en su vida ya cerca de los ochenta años. Aquí algunos subrayados del libro que se titula Mis cambio de opinión (editorial Anagrama).
“Nunca pensamos: vaya, he cambiado de opinión y he adoptado un punto de vista más inconsistente o menos plausible que el que defendía, o uno más tonto o sentimental. Siempre creemos que cambiar de opinión supone una mejora que nos llevará a alcanzar mayor veracidad o una noción más realista de
nuestra relación con el mundo y con el prójimo. Ataja las dudas, la incertidumbre, la indecisión. Parece que nos hace más fuertes y maduros; nos hemos desprendido de otro rasgo infantil. Bueno, eso es lo que piensa uno, ¿verdad?”
“Cambiamos de opinión sobre infinidad de cosas, desde cuestiones de gustos -los colores que preferimos, la ropa que vestimos-, estéticas -la música, los libros que nos gusta no de afiliación social -el equipo de fútbol que seguimos o el partido político al que votamos-, hasta las verdades más trascendentales: la
persona a la que amamos, el Dios al que veneramos, la significancia o insignificancia del lugar que ocupamos en un universo aparentemente vacío o misteriosamente lleno”.
“Algunos de nosotros tenemos firmes opiniones que defendemos con débil convicción; otros, débiles opiniones que defendemos con firme convicción. Yo siempre he supuesto que los liberales como yo tenemos opiniones moderadas que defendemos con moderada convicción”.
POR JUAN IGNACIO ZAVALA
@JUANIZAVALA