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Cuando la inflación manda, hasta las fronteras cambian de opinión
00:10 miércoles 29 julio, 2026
Colaboradores
Durante más de un año, el cierre de la frontera estadounidense al ganado mexicano fue presentado como una decisión estrictamente sanitaria derivada del gusano barrenador. Sin embargo, la reapertura anunciada para el próximo 24 de agosto deja una lección que va mucho más allá del sector pecuario: en la relación económica entre México y Estados Unidos, las decisiones técnicas rara vez están divorciadas de los intereses económicos. Cuando el precio de la carne alcanzó niveles históricos y la oferta comenzó a escasear en el mercado estadounidense, el discurso de la restricción dio paso al de la cooperación. La sanidad sigue siendo importante, pero la estabilidad de los mercados también pesa en la balanza.
Para México, la noticia representa un respiro para miles de productores que vieron frenado uno de sus mercados más importantes. Recuperar la posibilidad de exportar más de un millón de cabezas de ganado significa reactivar liquidez, empleo y actividad económica en toda la cadena pecuaria. Pero también deja al descubierto la realidad incómoda que seguimos dependiendo en gran medida de las decisiones de nuestro principal socio comercial. Cuando Washington cierra la puerta, regiones enteras resienten el impacto; cuando la abre, la economía vuelve a respirar. Esta acción debería ser una llamada de atención para diversificar mercados y fortalecer la capacidad sanitaria nacional, en lugar de celebrar únicamente el regreso de las exportaciones.
En estados como San Luis Potosí y el resto del Bajío, el impacto será menos visible, pero igualmente relevante. Aunque la región no concentra el mayor volumen de exportación de ganado en pie, sí forma parte de una cadena agroalimentaria que abastece de granos, forrajes, servicios logísticos, transporte y procesos industriales vinculados al sector pecuario. Una recuperación del mercado exportador puede dinamizar la actividad económica regional, pero también ejercer presión sobre los precios internos de la carne si una mayor proporción de la producción busca aprovechar el mercado estadounidense. El desafío será encontrar un equilibrio entre aprovechar la oportunidad comercial y proteger el poder adquisitivo del consumidor mexicano.
La reapertura también deja tareas pendientes para los gobiernos. La crisis del gusano barrenador evidenció que la sanidad animal ya no es únicamente un asunto del campo; es un tema de seguridad económica. Cada falla en vigilancia, trazabilidad o respuesta institucional puede traducirse en miles de millones de dólares perdidos, empleos comprometidos y cadenas productivas interrumpidas. Los estados del Bajío, incluido San Luis Potosí, tienen la oportunidad de fortalecer sus sistemas de inspección, modernizar la vigilancia zoosanitaria y construir una política agropecuaria menos reactiva y más preventiva. La competitividad ya no depende solamente de producir más, sino de demostrar que se puede producir con estándares internacionales.
La verdadera enseñanza de este episodio no está en que Estados Unidos haya reabierto la frontera, sino en entender por qué lo hizo y qué tan preparados estamos para la siguiente crisis. El comercio internacional premia a quienes generan confianza y castiga con rapidez a quienes descuidan sus controles. México no puede seguir interpretando cada reapertura como una victoria diplomática si antes no convierte la prevención, la innovación y la diversificación económica en políticas de Estado. Porque las oportunidades llegan, pero la competitividad se construye mucho antes de que vuelva a abrirse una frontera.