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La prisa por volver a la normalidad nos vuelve sordos a la urgencia de los agravios que expresa una protesta
00:02 domingo 1 noviembre, 2026
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Durante la revolución de 1830, la tarde del 27 de julio, algunos rebeldes parisinos dispararon contra las esferas de los relojes de las torres de iglesias, palacios y edificios públicos. Walter Benjamin leyó en la espontaneidad de ese gesto una voluntad de interrumpir la inercia opresiva del status quo, sabotear los instrumentos que simbolizaban el ritmo de su servidumbre y, al hacerlo, romper el tiempo sordo y mecánico de la dominación. Donatella Di Cesare retoma esa imagen en El tiempo de la revuelta (Siglo XXI, 2021): el instante que estalla cuando quienes padecen un orden deciden que ya no pueden tolerar el tic-tac de la espera. A las revueltas se las suele juzgar por dos pecados opuestos. Los revolucionarios les reprochan carecer de organización y estrategia para instituir algo nuevo. Los conservadores las menosprecian por sus excesos, porque su desobediencia trastorna la vida cotidiana. Digamos que los primeros las reprueban por el orden que no llegan a fundar, mientras que los segundos las repudian por los desórdenes que provocan. Di Cesare se aparta de ambas perspectivas y propone pensar la revuelta en sus propios términos, identificar su valor político por lo que es, al margen de lo que unos esperan u otros temen de ella. El libro comienza recogiendo las últimas palabras de George Floyd —“¡No puedo respirar!”— por la asfixia literal que expresan, pero también por su resonancia colectiva: los policías que lo mataron las desoyeron; multitudes se las apropiaron para exigir justicia y denunciar la violencia policial contra la comunidad afroamericana en Estados Unidos. Quienes se rebelan ponen el cuerpo para hacerse presentes en un espacio público y reclamar el lugar y la voz que les han sido escatimados. Su irrupción convierte sus necesidades desestimadas en exigencias que ya no admiten demora. La revuelta funciona como una alarma política. Di Cesare retoma de Judith Butler la noción del "derecho de aparición", pero advierte que hacerse visible no basta para desafiar lo establecido. La política puede adoptar la forma de una deliberación entre iguales o de una confrontación entre adversarios, pero aun así transcurrir dentro de los confines de la normalidad institucional. Las revueltas más subversivas, en cambio, cuestionan esos límites, las exclusiones que generan y la autoridad de quienes los imponen. Pero ejercer el derecho de aparición no supone la obligación de mostrar el rostro. "El anonimato es la respuesta a la política de la identificación", sostiene la autora. Las máscaras permiten "esconderse para mostrarse": participar sin quedar expuesto al reconocimiento facial y a la vigilancia. Esa protección, no obstante, abre "zonas de irresponsabilidad" que dificultan la rendición de cuentas. La objeción es atendible, pero plantea otra pregunta: ¿por qué la legitimidad de una protesta habría de depender de que quienes participan den la cara y acepten el castigo? ¿No sería esa una forma perversamente eficaz de convertir la visibilidad en vulnerabilidad y desalentar la movilización? Otra manera de invalidar una revuelta es prestar más atención a las afectaciones que genera que a los agravios que la motivan, hacer como si despejar el espacio que ocupan fuera más importante que atender la injusticia que lo colmó. Porque al tomar calles, carreteras o plazas, los inconformes levantan "barricadas en el tiempo" para evitar que la prisa de quienes quieren circular importe más que la urgencia de quienes ya no pueden seguir esperando. POR CARLOS BRAVO REGIDOR PUBLICIDAD COLABORADOR @carlosbravoreg