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Fue un campeonato en el que se permitió, en general, el juego de contacto, cosa que está muy bien
00:10 jueves 23 julio, 2026
Colaboradores
El Mundial trajo un brote de conspiracionismo. Normal. Las cosas importantes inspiran siempre las lecturas de la realidad en clave de complot, y el futbol, debería estar claro, no es lo más importante de lo que no tiene importancia, como dice el que ya es un cliché, sino algo muy importante, y punto.
La primera manifestación del complotismo futbolero fue la idea de que la FIFA tenía un plan ultrasecreto para que Argentina fuera campeón, y Messi ganador de todo: primer goleador del torneo, primer goleador de todos los mundiales, jugador más valioso, y lo que se acumule.
Evidentemente, no es cierto. Fue un campeonato en el que se permitió, en general, el juego de contacto, cosa que está muy bien, y en el que, sin duda, tres equipos, los de siempre, aprovecharon esa tendencia arbitral para compensar a patadas sus carencias: Uruguay, que no tiene ni tres jugadores interesantes, Paraguay, que no tiene ni dos, y Argentina, que tiene unos cuantos, como siempre, pero que está lejos de ser la dueña del futbol. Lo dejó claro España, que le puso un baile como no se recuerda en una final de campeonato del Mundo.
La segunda manifestación del conspiracionismo es la que dice que hay una campaña de odio contra Argentina. Pues no. El odio es otra cosa. Hay una extendida antipatía, que se explica, antes que nada, por las formas repelentes que tienen demasiados seleccionados de ese país de perder, como vimos en la final, y de ganar, como vimos durante durante todo el campeonato. No es “fulbo”, para usar el término en boga.
En la final, cuando Nahuel Molina sale a tirar un puñetazo, el “fulbo” había terminado varios minutos antes. Terminó con, hay que repetirlo, un baile de antología, con Messi convertido en nada y sin juego sucio ni trampas por parte de los españoles. Lo de Molina es, simplemente, nefasto, como lo de Leandro Paredes, que no es un jugador duro, sino un jugador de medio pelo y directamente violento.
De nuevo, sus agresiones tuvieron lugar varios minutos después del partido. De dar la espalda a la celebración del equipo que les pasó por encima, como hicieron todos los chicos del segundo lugar, mejor no hablamos. Nada nuevo. Bellingham le tuvo que dar un zape a otro cretino por salir a insultarlo luego de la derrota de Inglaterra, Enzo Fernández decidió irse a burlar de la afición contraria en el mismo juego, y la lista sigue. Ni cancheros, ni pícaros. Soberbios y ardidos, según el caso. ¿Por qué nos tendrían que caer bien?
La tercera forma de conspiracionismo es la que nace de un video en el que Messi llama a sus compañeros, en el vestuario, a jugar y olvidarse de lo demás. Como si el FBI fuera a irrumpir para hacer detenciones por a saber qué motivos, y cosas parecidas. El FBI no apareció. Sí aparecieron Rodri, Olmo, Cubarsí y compañía. Del primer minuto al último.
POR JULIO PATÁN
COLABORADOR
@JULIOPATAN09