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A fuego y pólvora sucumbieron muchas edificaciones y con ellos la novísima Biblioteca del Congreso
00:10 miércoles 29 julio, 2026
Colaboradores
El 24 de agosto de 1814, tropas británicas irrumpieron en la naciente capital estadounidense. La fúrica bélica de los ingleses iba acompañada con la instrucción militar de arrasar con todos los edificios públicos.
A fuego y pólvora sucumbieron muchas edificaciones y con ellos la novísima Biblioteca del Congreso. El tesoro intelectual de la entonces joven Nación quedó reducido a cenizas. De los escombros se erigió la nueva Biblioteca del Congreso, nutrida por los libros de la biblioteca privada más grande de ese país: la del expresidente Thomas Jefferson.
Siglos después, un reporte periodístico de Deutsche Welle, del 22 de julio de este año, nos relata que en “Deir El Balah”, Franja de Gaza, el librero Mohammed Saad vende libros rescatados de los escombros, de las cenizas y de la saña belicosa. Durante tres décadas administró una librería que fue destruida por las acciones infernales de la guerra. Hoy, sin paredes, sin estantes, entre el polvo y la pavesa, sigue vendiendo libros alineados a ras de suelo. Ofrece comprar todos los libros, incluso aquellos que pueden ser objeto de quemas y purgas. Para este resiliente vendedor “los libros […] son vida para la gente”.
En otra parte del mundo, igual en el séptimo mes de este año, fueron detenidas varias personas por el delito de “sedición”, en el contexto de una amplia redada contra librerías independientes. La razón es porque vendían “libros” cuyo contenido contravenía las leyes de seguridad nacional. Esta redada fue el colofón de diversas acciones legales, como auditorías fiscales, inspecciones administrativas u obstáculos para renovar licencias o contratos de alquiler.
Pensamos en las hogueras de libros, en las prohibiciones inquisitoriales o en la censura documental como un pasado superado. Como un conjunto terrible de laceraciones contra el conocimiento público y la verdad colectiva que eran lecciones pretéritas. Pero eso no es así. Los libros siguen siendo objetos peligrosos para los detractores de la verdad, el conocimiento y la libertad.
La destrucción de los libros, la prohibición de autores, la purga del conocimiento no sólo sigue presente con hogueras, acciones de guerra o prohibiciones legales. La destrucción abarca mecanismos sutiles e igual de perversos, como el acoso judicial, que se forja con una plétora de acciones legales contra autores, escritores, imprentas y librerías. Para desgastarlos. Para inhibirlos. Para que pierdan todo ímpetu económico y anímico que los impulsaba a atreverse a criticar, denunciar, opinar, soñar o desdibujar en las cuadrículas de la libertad que son los libros.
La censura oficial no sólo es “prohibir” la venta de libros o difundir contenidos. Se censura también cuando desde el poder se señalan autores o libros “indignos” de leer, o escritores “enemigos” del partido, del gobierno y, por tanto, del pueblo.
Los libros se han convertido en el heno que alimenta a los voraces modelos de Inteligencia Artificial. Hace un par días, un dueño de una “librería de viejo” denunciaba la compra masiva de textos de segunda mano para guillotinarlos, mutilarlos y alimentar a modelos de Inteligencia Artificial. El libro no se digitalizaría para hacerlo más accesible. El libro desaparecería para usarlo en las fórmulas lingüísticas y vaivenes algorítmicos ocultos de un sistema tecnológico, que se caracteriza por mentir (o en sus términos “alucinar”).
Los libros están bajo asedio. Es la marca con la nacieron en la historia de la humanidad. Es el destino que se forjaron por incomodar. Por provocar la verdad. Por darnos las energías para luchar.
No sólo son tiempos de intolerancia, sino de una monstruosa indiferencia. Pero la resistencia, la lucha, no está en vetustos libreros. O incluso bibliófilos, como su servidor. La juventud es y debe seguir siendo nuestra única esperanza.
Esperanza que se mantiene cuando los jóvenes aún apuestan a ensoñar, a crear y defender a los libros como reducto de la verdad y la libertad. Un ejemplo lo vemos con la joven cantante de música popular Dua Lipa, que decidió apostar su capital económico, artístico y personal, para inaugurar este año —en la bellísima librería Lello, en Oporto, Portugal—, una sección denominada “Maniesfo Library”. La cantante erigió un santuario para libros prohibidos, censurados o silenciados en un espacio icónico para todos los amantes de la lectura.
Si a la par de la destrucción y persecución de los libros, aún vemos a jóvenes apostarle a la lectura, a las librerías y a los libros, la flama de verdad aún arde fuerte en nuestra humanidad.