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En el sexenio de AMLO, más que una lógica de Estado, lo que imperó fue una cultura cortesana
00:01 lunes 16 febrero, 2026
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Este libro está escrito menos para consignar una experiencia que para mandar un mensaje. Ni venganza ni perdón (Planeta, 2025), de Julio Scherer y Jorge Fernández Menéndez, ofrece un testimonio pero es sobre todo un aviso: lo acompañó durante décadas y estuvo en la cocina de su presidencia; sigue siendo partidario de Andrés Manuel… pero guarda muchos recibos. Que otros reseñistas se ocupen de sus acusaciones más escandalosas, a mí lo que me interesa es leerlo a contrapelo para identificar algunas dinámicas políticas que su relato –implícitamente– normaliza. La primera es el obradorismo como culto a la personalidad. Esa peculiaridad no surge en Palacio, se gesta a lo largo del ciclo opositor durante el que López Obrador construye la épica de su liderazgo carismático. Todos a su alrededor son personajes secundarios, incluso desechables. Él ejerce un mando único, natural, directo. Su discurso no se basa en ideas o propuestas, lo suyo es catecismo. Ya en el poder, ese estilo se convierte en forma de gobierno. No hay un gabinete profesional ni coordinado, hay camarillas disputándose el oído y el favor del patriarca presidencial. En lugar de procedimientos y facultades, reinan las señales y los acomodos: “quien tenía cargo pero no encargo no servía para nada: era un tipo que estaba out”. En su sexenio, más que una lógica de Estado, lo que impera es una cultura cortesana. Poco organigrama, mucha liturgia. Un segundo aspecto es el empoderamiento de las Fuerzas Armadas, narrado no como una medida excepcional adoptada con reservas, sino como un giro realista que se abraza con entusiasmo. Frente a un aparato civil que López Obrador desprecia por lento, burocrático e incapaz, los militares aparecen como un brazo que ejecuta con disciplina y eficacia. El resultado es un pacto –proyectos y presupuesto a cambio de lealtad y resultados– cuyos costos en cuanto a falta de escrutinio, nula rendición de cuentas y oportunidades para la corrupción se asumen silenciosamente y sin fricción. Al contrario: esa opacidad funciona para brindar impunidad. Sobre eso Scherer, faltaba más, no escribe ni una palabra. El tercer rasgo es el uso de la ley como método de control. Para la “4T” el derecho no es un conjunto de normas generales, es una palanca selectiva: se endurece donde sirve, se afloja cuando estorba. Lo decisivo nunca es la razón jurídica, es la amenaza de estar en la mira. Importa menos la solvencia de la argumentación que la voluntad de activar la maquinaria. No hace falta probar nada: basta con abrir el frente y dejar que el amedrentamiento haga su pedagogía. La legalidad no es un límite o una garantía, es un arma. En esa atmósfera, hasta la Suprema Corte se concibe no como un contrapeso donde se defienden derechos sino como un espacio donde se ganan posiciones, se hacen acuerdos y se cumplen compromisos.
Vaya saldo: lo que denunciaban cuando perdían se volvió razonable cuando ganaron. POR CARLOS BRAVO REGIDOR COLABORADOR @carlosbravoreg