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Primero, la complicidad de la Fiscalía General de la República. En la institución encargada de procurar justicia, no solo no investigan: purifican
00:10 sábado 19 septiembre, 2026
Colaboradores
La indolencia se contagia. Y cuando no hay consecuencias, se normaliza. Los casos se acumulan, pero tres son ilustrativos. Los tres han sucedido en las últimas horas. El listado no es accidente, sino forma de gobierno. No son casualidad, sino manera de hacer política.
Primero, la complicidad de la Fiscalía General de la República. En la institución encargada de procurar justicia, no solo no investigan: purifican. No solo no indagan: entregan cheques de impunidad. Andy López Beltrán y sus cómplices (Amilcar Olán y compañía) pueden estar tranquilos: Ernestina Godoy trabaja para protegerlos.
En México, la Fiscalía protege a quienes tendría que investigar. Encubre a quienes se enriquecen usando el poder. La complicidad de la FGR es obscena. Tampoco busca, mucho menos encuentra a quienes tendría que localizar, como el exsecretario de Marina, Rafael Ojeda, embarrado por la corrupta trama del huachicol fiscal.
Pero eso sí, cuando se trata de adversarios, les avientan todo el aparato del Estado. Ahí están Maru Campos o Ernesto Ruffo como ejemplo de una justicia selectiva. A los opositores los persiguen y les abren procesos. Y cuando son las madres buscadoras, peor: no las escuchan, mucho menos las reciben. El colectivo que encabeza la valiente Margarita López lleva más de 10 días a las puertas de la FGR y Ernestina Godoy no se reúne con ellas.
La Fiscalía no trabaja para las víctimas; está del lado del poder: obediente al servicio de Morena.
Segundo, la indolencia de la gobernadora de Morelos, Margarita González Saravia.
Aunque crecen las protestas de estudiantes ante los asesinatos de Claudia Tacoronte, Kimberly, Carol, Ailyn, Michelle… la gobernadora no quiere hablar de los crímenes. ¿Algo que declarar?, le preguntan. Ni una palabra.
Mejor correr que responder. Lo mismo sucede con la tercera estampa.
Mariela Hernández, secretaria de Salud en Veracruz y Roberto Ramos, delegado del IMSS-Bienestar, salieron malos para hacer su trabajo pero buenos para escapar de las preguntas incómodas.
Ella no quiere hablar sobre el brote de sarampión, él -exhibido amenazando al personal médico que exige insumos para trabajar- no quiere hablar del desabasto de medicamentos e instrumentos para laborar. Ambos salen corriendo. Ambos huyen en ostentosas camionetas y acompañados de escoltas frente al legítimo reclamo ciudadano.
La indolencia se enraíza. Permea. Se vuelve hábito. Y no pasa nada.
Por Manuel López San Martín