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La codicia que envolvía a la Isla Pasión no surgió de sus mares privilegiados, sino de su laguna interna que permitía la acumulación de un gran manto
00:10 miércoles 28 enero, 2026
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Apenas empiezan a caer los primeros granos de arena del reloj imaginario de este año, y es plausible concluir que de estos surgirán la arcilla que moldearán muchas de las instituciones pasadas, presentes y quizás futuras de nuestro orbe.
Un sinnúmero de los acontecimientos actuales son el fiel retrato de la recurrida sentencia de Mark Twain sobre la historia, al decirnos que ésta: “[…] no se repite, pero a menudo rima”. Y qué manera de empezar a tintinear las sonatas de la historia de forma armónica y parecida a nuestro pasado.
Acciones del pretérito tienen su resonar en vestigios de un pasado no muy lejano, y muestran que quizás la intención entre las líneas de éstas sean el eco de lo que hoy debería preocuparnos.
De este inmenso halo de acontecimientos hoy resuenan las tensiones que derivan sobre el control y resguardo de una isla en el continente americano, Groenlandia, reclamos y argumentos entre un país europeo y su correlativo americano. Pero en este caso, un choque de potencias, aliados, y perspectivas geopolíticas que nos deben servir de recordatorio que nuestro continente ha sido el escenario de conflictos insulares como muestras permanentes de poderíos extranjeros.
De primera mano se nos vienen a la mente los conflictos de las islas de Cuba y las Malvinas como los escenarios más afianzados en nuestro imaginario colectivo, pero las heridas de las soberanías territoriales en nuestro continente americano han sido constantes y múltiples, y no necesariamente con países europeos, sino también entre naciones latinoamericanas.
Y México, desde luego, no es el caso de excepción. En el último arrebato a nuestra soberanía territorial fue justamente un conflicto insular con la República Francesa: “La Isla de la Pasión”, nombre que México defendió y sostuvo tanto en sus tratados y en sus constituciones (hasta 1934), en contraposición a la “Isla Clipperton”, con el cual hoy se le adjudica a la República Francesa a este atolón coralino de aproximadamente 6 kilómetros con una laguna interna a casi 1200 kilómetros del Puerto de Acapulco.
Aunque parecería una pequeña superficie terrestre, este atolón tiene muchas implicaciones económicas como, por ejemplo, una zona económica exclusiva de 425 mil km2 en sus aguas circundantes, en una de las zonas con mayor riqueza pesquera del mundo. Pero, esa capacidad de usufructo marino no fue la razón que apuntó las ambiciones internacionales para su control.
La codicia que envolvía a la Isla Pasión no surgió de sus mares privilegiados, sino de su laguna interna que permitía la acumulación de un gran manto de Guano, un fertilizante muy valioso. Así, ese punto inhóspito y olvidado en los mares se volvió codicia para otras grandes potencias, no sólo como Francia, sino también Estados Unidos e Inglaterra, que eventualmente abandonaron la isla por la poca factibilidad económica que implicaba la explotación del guano.
Ante el abandono humano, México decidió volver a ocupar con nuestros connacionales ese fragmento de tierra agreste, reclamando y tomando lo que en derecho les pertenecía. El capitán Ramón Arnaud, por órdenes del presidente Porfirio Díaz (1905), fue nombrado gobernador de la isla y con un destacamento de soldados juramentaron cuidarlo: un pequeño y breve paraíso mexicano.
Sin embargo, la tierra idílica empezó a sucumbir por los horrores del escorbuto y la desesperación: sólo sobrevivieron el guardián del faro, Victoriano Álvarez, que se autoproclamó “rey” de la isla, y sometió a crueldades, abusos y violencia a las mujeres sobrevivientes. Pero la determinación, valentía y fortaleza de Alicia Arnaud y Tirsa Rendón, fueron la catapulta que derrumbó a su tirano para proclamar su libertad y su dignidad, para después ser rescatadas por el buque USS Yorktown.
Esa isla no solo es el último bastión terráqueo de México (aunque el derecho internacional no lo acepte), sino también es un recinto natural que es el monumento a la tenacidad y valentía de las mujeres mexicanas. Una historia de resistencia, de lucha contra la tiranía y un recuerdo de que la libertad llega a pesar de las insanas acciones de un déspota.
Después del abandono de los últimos moradores mexicanos en la isla, Francia volvió a exigir por la vía internacional la soberanía de la isla. En 1909, México y Francia aceptaron que el rey de Italia, Víctor Manuel III, decidiera la suerte de nuestro territorio: 22 años le tomó decidir algo que parecía decantado: la Isla le pertenecía a Francia. Un país que jamás lo habitó, jamás lo sufrió y que su historia sobre esa isla dista en demasía a la mexicana. La borramos de la Constitución, pero peor aún, de nuestra memoria nacional.
Hoy la isla permanece deshabitada y custodiada por millones de cangrejos y aves, como un monumento silencioso de una historia que espera ser rescatada y reivindicada.
POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ
MINISTRO EN RETIRO DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN