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Tuvo todas las características de un crimen político, sobre todo si se consideran los antecedentes de la familia Solórzano Foppa
00:01 martes 27 octubre, 2026
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Tanto o más que una columna de análisis o de opinión, esta vez es en realidad un homenaje.
Cuando el exfiscal especial Juan Francisco Solórzano Foppa fue abatido el 17 de octubre en Guatemala, el asesinato fue mucho más allá de los problemas que enfrentaba un funcionario o exfuncionario dedicado a confrontar la injusticia, la corrupción, las crueldades de grupos que, más que interesados en mantener el status quo, parecen simplemente determinados a tratar de amedrentar, de inhibir a demócratas y promotores de derechos humanos y civiles en el país centroamericano.
Tuvo todas las características de un crimen político, sobre todo si se consideran los antecedentes de la familia Solórzano Foppa.
Pero también, de una operación criminal: Juan Francisco se distinguió en el combate al crimen organizado.
El caso es, sin embargo, tanto más doloroso porque es representativo de las luchas guatemaltecas por justicia y una sociedad más sana. El asesinado Juan Francisco era parte de la tercera generación de una familia que ya entregó a una madre, a dos hijos y ahora a un nieto.
El asesinato de Juan Francisco es el más reciente contra una familia que, a lo largo de los últimos 45 años, ha sido constantemente golpeada por esas fuerzas: Alaide Foppa, una extraordinaria poetisa, fue muerta en la década de los 80, aunque su suerte nunca ha sido aclarada del todo porque fue secuestrada el 19 de diciembre de ese año, cuando visitaba a su familia en Guatemala por la Navidad.
Guatemala estaba en uno de sus ciclos más salvajes de represión y Alaide, radicada en México, era un blanco para grupos violentos que operaban bajo el manto de un gobierno militar que en el mejor de los casos no quería enterarse de todo lo que hacían sus aliados.
Ese mismo año había muerto en combate su hijo Juan Pablo Solórzano Foppa, que formaba parte del Ejército Guerrillero de los Pobres, y luego, en 1981, tocó el turno a Mario Solórzano Foppa, educado en México, que de periodista y destacado presentador de noticias por televisión pasó a la clandestinidad como miembro del EGP y murió en combate con la policía militar.
El padre de Juan Francisco, conocido a su vez como el comandante Camilo dentro del movimiento revolucionario, murió en 1983. Juan Francisco usaba los apellidos de su madre, Silvia, hermana de Mario y de Juan Pablo.
De acuerdo con Julio Solórzano Foppa, que fuera cantante y luego representante internacional del Ballet Folklórico de Amalia Hernández, que regresó a Guatemala hace más de una década para apoyar el desarrollo de los Acuerdos de Paz que en 1996 pusieron fin a la violencia política luego de 36 años de una guerra civil tan intensa como sucia, el tema es tanto más grave.
En declaraciones a la prensa guatemalteca, Julio dijo que durante mucho tiempo creyó que la violencia política había terminado con la firma de los Acuerdos de Paz. Pero el asesinato de su sobrino lo llevó a advertir sobre los riesgos de que el país vuelva a escenarios de violencia y temor.
El honor y el sacrificio son de la familia Solórzano Foppa. Pero esta vez la villanía está menos a cargo del gobierno que de poderes fácticos delincuenciales, como ya ocurrió en Ecuador.
Por José Carreño