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Además de lo musical, ¿cuál es la gran diferencia entre Bad Bunny y Justin Bieber?
00:10 jueves 5 febrero, 2026
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Los años 30 trajeron grandes canciones frívolas: son el tiempo de la “Begin the Beguine” de Cole Porter –danza de apareamiento– y la “Sing Sing Sing” de Louis Prima –fiesta portatil–, de que Fred y Ginger debatieran a ritmo de Gershwin si tomeito o tomahto, poteito o potahto. Más aún, muchas se verían acompañadas de imágenes tan memorables como absurdas: mientras Hitler iba devorando territorio y el mundo lidiaba con la depresión económica y la inminencia de la Guerra, Ruby Keeler y Lee Dixon bailaban sobre una máquina de escribir gigante para decirse que eran “Too Marvelous for Words”. El público precisaba evasión.
No seré yo, pues, quien condene que mientras Trump descabeza Venezuela, amenaza Groenlandia, ridiculiza Europa, hostiga Colombia y México, asfixia Cuba, somete a los habitantes de su propio país a un régimen de terror y neutraliza sus instituciones democráticas, Bruno Mars y Rosé inviten a huir al Apt Apt (a-ha, a-ha) y Sabrina Carpenter monte una extravaganza a lo Broadway para hacer escarnio de los hombres sin dejar de parar nalga y enseñar pierna: that’s entertainment. Tampoco condenaré a Chapell Roan y su vestido Mugler –ése que simula senos desnudos y perforados– a no ser por lo reciclado de su creatividad: no sólo el diseño original de Maître Thierry es de 1998 –y suponía auténtico topless y una prenda en verdad sujeta con piercings– sino que el bondage como avatar de agencia sexual femenina es cosa que Madonna ya había hecho mainstream desde 1992.
Ahora por favor que alguien me explique qué hacía un señor en calzones en mi televisor.
Entiendo que, para artistas apolíticos, los Grammys sean oportunidad de lucimiento por vía de la transgresión sexual; habrá, sin embargo, que distinguir esa noción –tan bien encarnada no sólo por Miss Carpenter sino por ese Harry Styles que planta besos babosos en mejillas de todo género mientras luce un Dior de sastrería sin camisa y zapatillas de ballet– de la mera estridencia vacua: la de ese Justin Bieber que sólo vistiera boxers y calcetines para gemir sobre un pasado inventado en Tucsón manejando una Yukón, y después buscara en vano generarle relevancia no sólo psicosocial sino prosódica al tratar de hacerlo rimar con Yves Saint “Lorón”.
Si en cualquier año su enseñada de calzones falsamente subversiva habría sido lamentable, tanto más lo será frente a un Bad Bunny que caricaturizara su propia masculinidad con un diseño de Daniel Roseberry que dialogaba con la estética de Elsa Schiaparelli en vez de nomás citarla. Caballero y vestida, Benito aprovechó la palestra para minimizar a Trump y su discurso de odio a punta de agencia intelectual, política, moral, emocional y, sí, sexual.
Allá, un niñato añoso en calzones; acá un señor que trasciende las identidades con escote en v y muchos pantalones.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threads: @nicolasalvaradolector