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Cuando la ciencia estorba, el silencio gobierna la ciudad
00:10 martes 27 enero, 2026
Colaboradores
En San Luis Potosí hay advertencias que no hacen ruido. No porque sean menores, sino porque a nadie en el poder le conviene amplificarlas. Mientras la agenda pública se llena de cortes de listón y renders optimistas, desde la academia se lanza una alerta clara: la ciudad se está quedando sin pulmones. Y, aun así, los tres niveles de gobierno parecen haber optado por la estrategia más cómoda: mirar hacia otro lado.
El diagnóstico no viene de activistas improvisados ni de un discurso alarmista. Investigadores de la UASLP llevan años documentando lo que cualquiera percibe en la calle: más calor, menos sombra, lluvias erráticas y una ciudad que crece sin hacerse cargo de lo que destruye. La pérdida de áreas verdes ya no es una hipótesis futura, es un proceso en marcha que empieza a cobrar factura en la calidad de vida urbana.
Los datos existen y no son nuevos. En la zona Metropolitana de San Luis Potosí, la cobertura de áreas verdes por habitante ronda apenas entre 6 y 8 metros cuadrados, cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda al menos 9 m² como mínimo y 15 m² como estándar deseable. No estamos cerca del ideal: estamos por debajo del piso. Aun así, el discurso oficial insiste en hablar de “municipios sustentables” mientras la mancha urbana avanza sin freno y sin árboles.
Lo interesante no es solo lo que se dice, sino lo que no se responde. No hay posicionamientos claros, no hay planes visibles, no hay metas públicas que permitan medir si la ciudad avanza o retrocede en materia ambiental. El silencio institucional frente a estas advertencias no es neutral: es una decisión política. Y como toda decisión, tiene ganadores y perdedores.
¿Quién gana cuando se minimiza el tema? Gana el urbanismo que avanza sin mayor restricción, los proyectos que priorizan el corto plazo y las administraciones que prefieren inaugurar concreto antes que mantener árboles. ¿Quién pierde? Los barrios sin sombra, las colonias más calientes, los acuíferos sobreexplotados y, en general, una ciudad que empieza a ser menos habitable para quienes no pueden pagar el aire acondicionado.
Se habla mucho de reglamentos, leyes y planes urbanos, pero poco de su aplicación real. Tener una Ley del Árbol sirve de poco si la reforestación es marginal o simbólica. Presumir parques urbanos resulta insuficiente cuando ni siquiera estos alcanzan niveles adecuados de arbolado. La omisión no siempre se ve como negligencia, pero sus efectos son perfectamente medibles en grados centígrados y metros cúbicos de agua.
Tal vez el mayor problema es que escuchar a la ciencia obliga a incomodarse. Implica coordinarse entre municipios, Estado y Federación; frenar inercias; decir que no a ciertos intereses. Mientras eso no ocurra, la ciudad seguirá avanzando sin brújula ambiental. Y entonces, cuando el calor sea insoportable o el agua no alcance, nadie podrá decir que no hubo advertencias. Y si los funcionarios públicos deciden, conscientemente ignorarlas, habrá que fincarles responsabilidades administrativas por su omisión.
¡Hasta mañana!