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Sector restaurantero enfrenta un escenario de ajuste y contracción
00:10 miércoles 4 febrero, 2026
Colaboradores
Durante años dimos por sentado que los restaurantes siempre estarían ahí: abiertos, llenos los fines de semana, generando empleo y vida urbana. Hoy, ese paisaje cotidiano en San Luis Potosí empieza a desdibujarse. No con grandes anuncios ni cierres escandalosos, sino de forma discreta: mesas vacías, turnos recortados, persianas que ya no vuelven a levantarse.
Desde finales de 2025 el sector restaurantero entró en una pendiente que no ha logrado frenar. Primero fue la falta de personal, luego la caída de comensales, y ahora el ajuste más doloroso: recortes y cierres definitivos. Los datos hablan solos: alrededor de 60 restaurantes cerrados en un año y una baja de hasta 30% en la afluencia los fines de semana. Lo que antes era el “buen día” para el negocio, hoy es apenas suficiente para sobrevivir.
Pero hay una parte de la historia que casi no se dice. Mientras se pide a los restaurantes ser motores de empleo, formalidad y capacitación, se les carga con costos laborales y de seguridad social que para muchos resultan imposibles de sostener. No es falta de ganas ni de creatividad; es una ecuación donde los números ya no cuadran. Subir precios ahuyenta clientes; mantenerlos ahorca al negocio. El margen de maniobra es mínimo.
También hay un cambio silencioso en el comportamiento social. Comer fuera dejó de ser un hábito y se convirtió en excepción. Las familias ajustan, los jóvenes priorizan otros gastos y muchos trabajadores optan por empleos industriales más estables, aunque menos flexibles. El restaurante pierde por ambos frentes: menos clientes y menos manos para operar.
¿Quién pierde con esto? No solo el empresario. Pierde el mesero que ve reducido su ingreso, el proveedor local, la colonia que se queda sin un punto de encuentro. Y, paradójicamente, pierde la ciudad, que presume crecimiento económico mientras uno de sus sectores más visibles se contrae sin reflectores.
La pregunta incómoda es si vamos a seguir tratando el cierre de restaurantes como daños colaterales inevitables o si, de una vez, se asumirá que sostener a las Mipymes no es un favor, sino una estrategia económica básica. Porque cuando salir a comer se vuelve un lujo, lo que realmente está en riesgo no es el menú, sino la vida urbana misma.